El abogado entierra su cara bajo sus manos y suspira profundamente, cierra los ojos como si tratara de dormirse. Escucha lejanos los ruidos del pasillo del Palacio de Justicia. Los tacones y las suelas de los zapatos de las personas que deambulan por el pasillo entrechocan contra las baldosas y resuenan como ecos distantes, como gente caminando perdida en la oscuridad dentro de una enorme cueva con el techo elevado y cubierto por estalagtitas. Las conversaciones entre abogados y clientes son apenas susurros, como diálogos que estuvieran dándose lugar en el otro lado del mundo. Siente su espalda resentida por la dura madera del respaldo del banco en el que está sentado y siente la necesidad de doblarla, y así apoya sus brazos en sus rodillas y se recuesta sobre sus piernas. El sueño acumulado sólo es una pequeña carga comparada con el agónico cansancio físico. Ha sido una ardua semana, largos días y largas noches trabajando sin apenas descanso alguno; de hecho, así han sido los últimos meses, sin embargo, esta última semana de trabajo ha sido la peor, como un sprint final en los últimos metros antes de llegar a meta después de correr una maratón entera. No obstante, todas esas horas de trabajo, todo ese sueño perdido ha merecido la pena. Es el caso más complicado de su corta carrera, pero posiblemente sea el caso más importante que vaya acometer en toda su vida. La juez está deliberando en estos momentos, en breve llamará a todas las partes para dictar sentencia. Sus compañeros decidieron ir a desayunar a un restaurante cercano mientras se preparaba el veredicto; sin embargo él no fue con ellos, necesitaba estar a solas en estos momentos, necesitaba pensar. Mientras todo su cuerpo se relaja, mientras el sueño comienza a llegar, de alguna forma siente el sol calentar su rostro y él sonríe. No existe ningún Sol en el techo de los pasillos del Palacio de Justicia, solo un par de frías luces fluorescentes que hacen que los pasillos luzcan pálidos y mortecinos como la sala de espera de un hospital, ni siquiera unos leves rayos logran atravesar los pequeños ventanucos. Este Sol que él siente es un magnífico Sol pretérito, una estrella que brilla intensa escondida en algún confín de su cerebro, oculta en algún lugar recóndito de su memoria, que ilumina cálida algún tallo neuronal muy adentro de su sistema nervioso. Comienza también a sentir una brisa limpia y fresca en su rostro, y por supuesto en los pasillos del Palacio de Justicia no hay ninguna corriente de aire que se filtre del exterior, solo un estruendoso aire acondicionado tan artificial como las luces fluorescentes. La brisa es como una fugaz corriente de aire que le guía como un hilo de plata a través del caprichoso laberinto de la memoria.
El joven muchacho corría apurado detrás del anciano, apenas podría creer que una persona tan mayor tuviera tanta energía. El niño gritó llamando la atención de su abuelo y éste se detuvo más adelante en los campos de cultivo esperando a que el joven le alcanzara. El anciano bajó de su hombro la enorme azada que todas las mañanas le acompañaba, la azada le seguía como el arma de un viejo guerrero siempre le acompaña al campo de batalla. Su figura se erguía como una estatua de mármol impasible bajo el Sol de la mañana. “Yo corro más que tú, abuelo; ¿por qué siempre llegas a los sitios a los que vamos antes que yo?” preguntó el joven niño una vez alcanzó al anciano, “¿nunca te han contado la historia de la liebre y la tortuga, hijo? Si no te distrajeras por el camino con tonterías llegarías siempre el primero” respondió mientras sonreía al joven muchacho. El anciano levantó su azada y la acomodó de nuevo en su fornido hombro y continuó caminando. Anduvieron el anciano y el niño a través de los surcos del campo de cultivo, a través de la tierra duramente trabajada día a día durante eternas jornadas de sol a sol. Los novatos pies del niño a veces se hundían en la tierra removida como si un joven gamo cayera en la trampa de un cazador y sin poder evitarlo en ocasiones acababa cayendo al suelo; tras cada caída el niño protestaba suspirando sonoramente, sin embargo, rápidamente se ponía en pie y nunca lloraba, ni en un millón de años lloraría delante de su abuelo. Los brotes hacía tiempo habían dejado de ser verdes y ya habían amarilleado bajo el Sol como el pan que se dora dentro del horno. Alguna racha fuerte de viento sacudía de vez en cuando las espigas y estas se movían como las olas del océano, el campo entero parecía la costa de un inmenso mar ocre. El anciano de pronto se detuvo y alzó la mirada al cielo. “Este es el trabajo más viejo del mundo, hijo. Bueno, la mayoría de las personas te dirán que es otro, pero no es así” dijo el viejo mientras escudriñaba el cielo intentando descifrar el clima de los próximos días en el tejido gris y blanco con el que están hechas las nubes, como las adivinadoras leen en los posos del café. “¿Cuál dicen que es el trabajo más viejo del mundo, abuelo?” preguntó el niño de improviso interrumpiendo los pensamientos del anciano y el viejo de pronto dejó de contemplar el cielo y bajo la vista rápidamente hacia su nieto observándole con una mirada desconcertada y después estalló en una sonora carcajada. “¿Cuál dicen que es?” preguntó de nuevo con insistencia el joven que como casi todos los niños nunca dejaba una pregunta sin responder. Bajo los ojos del anciano y bajo las ojeras que grises caían debajo de estos como la lava ya fría que hubiera emergido de un volcán, sus mejillas enrojecieron como las ascuas de una hoguera avivadas por un fuelle y con voz dubitativa le respondió al joven “los curas” y añadió unos segundos después “pero los mismos curas te dirán que el primero que trabajó fue Caín, y él trabajaba la tierra, y la verdad que mucho no escuchaba a Dios”. El anciano empujó levemente el hombro del niño para indicarle que continuara la marcha. “Abuelo, ¿crees en Dios?” preguntó el joven unos pocos metros más adelante. El anciano se detuvo de nuevo, agachó la cabeza y con dificultad se arrodilló en el suelo, cogió un gran terrón de tierra y con fuerza lo aplastó dentro de su mano transformada en un puño, “la verdad es que he trabajado esta tierra durante más días de los que puedo recordar y nunca ha aparecido por aquí, pero todos esos días siempre me ha acompañado eso de allí”. El viejo señaló el valle que se extendía abajo más allá de sus tierras de cultivo. Un enorme bosque residía en lo más profundo del valle, era azotado por el viento y el ramaje parecía rugir como una bestia salvaje, la estructura verde formada por millones de hojas parecía agitarse como el pelaje de un lobo corriendo contra el viento. Las montañas se erigían imponentes como los viejos titanes de las mitología; antiguas, fuertes, magníficas, se podía imaginarlas como aquellos gigantes divinos paralizados en el tiempo exhibiendo a los mortales su descomunal musculatura pétrea. Muchas mañanas la bruma se apoderaba de las cimas de esas cumbres otorgándoles un aspecto más divino si cabía, como aquellas montañas prohibidas para los hombres en algunas culturas donde se dicen que habitan los dioses. Las crestas de aquellas montañas estaban afiladas y dentadas como sierras viejas y parecían cortar el cielo mismo como si lo estuvieran atravesando. “No sé si existe Dios, no me corresponde a mí saberlo o no, he sido siempre un hombre trabajador y honesto, siempre he procurado el bien al resto de hombres que he conocido en esta vida, solo espero que cuando llegue mi hora y sea quien sea quien me acoja me de un huerto para seguir trabajando, no puedo pasarme la eternidad vagueando por el Paraíso, si es un vergel como dicen necesitarán a un jardinero que lo vaya arreglando”. Hicieron un alto bajo un árbol frutal que lindaba con los campos de cultivo, un robusto y viejo manzano con enormes raíces que parecían los tentáculos de un monstruo marino y que poderosas se hundían en la tierra amarrando el árbol al suelo con extrema firmeza. El intrincado y denso ramaje del árbol proveía a cualquier caminante ocasional de una buena sombra. El anciano cogió un par de manzanas rojas que brillaban como el fuego con ayuda de su azada y acercó una a su nieto. Juntos almorzaron bajo el viejo árbol sin apenas decir una palabra, tan solo disfrutando en silencio de la fresca brisa que a veces soplaba y que refrescaba el ambiente que poco a poco a medida que la mañana transcurría iba siendo cada vez más sofocante. “Coge esa azada, hijo” dijo el anciano cuando acabaron de almorzar “comienza a cavar allí”. “Pesa mucho, abuelo” dijo el joven después de lanzar un par de golpes a la tierra seca y rígida apenas mellando su superficie. “Cada golpe hoy te pesará más que el anterior, sin embargo, mañana esa azada parecerá que pesa menos que hoy” respondió sonriendo. Cuando el niño con gran esfuerzo cavó un pequeño agujero el anciano cogió las semillas de las manzanas que habían comido y lo puso en las manos del joven. “Toma, entiérralas en ese agujero. Las semillas son diferentes a las personas, cuando entierras una semilla es cuando le das una oportunidad para nacer” dijo el anciano al joven. “¿Mañana será un árbol?” preguntó el joven. “No” respondió el viejo mientras reía y pasaba su mano por su larga barba blanca, “necesita mucho tiempo y mucha paciencia para crecer; sin embargo, desde que brote el primer tallo y surjan las primeras hojas, esa planta será tu responsabilidad, y de ti dependerá para crecer, cuanto más la atiendas más fuerte y frondoso será el árbol que resulte, y cuando seas mayor lo contemplarás con orgullo” enseñó el anciano al joven y este le miraba en silencio y con preocupación en su rostro. “Pero no te preocupes, renacuajo, las plantas no necesitan mucha atención, se conforman con poco” dijo mientras frotó el pelo del joven con gesto cariñoso. El anciano y su nieto prosiguieron su camino y llegaron finalmente a los lindes del campo de cultivo, allí unos cuantos nogales delimitaban un pequeño claro donde había una pequeña charca, más allá de ese claro se abría un bosque frondoso y sombrío. Años atrás los jóvenes acudían a refrescarse a aquella charca en los calurosos días de verano, por las noches el croar de las ranas y sapos se podía escuchar desde kilómetros a la redonda y los mosquitos y los tábanos se acumulaban en aguerridas nubes de insectos que atacaban sin piedad. El anciano contempló con preocupación la charca, sus aguas estaban ennegrecidas como el petroleo y eran viscosas como un engrudo. El joven compuso en su rostro una cara de desagrado cuando a su nariz llegó un olor pestilente que provenía de aquellas aguas negras estancadas. “¿Por qué huele así de mal? ¿Es esto normal?” preguntó el niño desconcertado, “no, no lo es” respondió su abuelo. Dentro de la charca un pez se movía cerca de la orilla, casi como si quisiera escapar de aquellas aguas pastosas y ennegrecidas; sin embargo, el pez nadaba lentamente como si estuviera agotado o ya se sintiera derrotado y apenas pudiera luchar por intentar encontrar algo de agua transparente que respirar. El anciano dijo al joven que cogiera el pez y que lo pusiera en el suelo. El muchacho obedeció y le sorprendió el hecho de que el pez se dejara atrapar con tanta facilidad. El pez tendido sobre la hierba apenas se agitaba, casi parecía agradecer su rescate de las turbias aguas. El anciano descargó un fuerte golpe con su azada y de un solo tajo la cabeza se desprendió del resto del pez. El cuerpo del pez saltó de pronto como si de repente hubiera recuperado todas sus fuerzas y se retorció sangrando como si un corazón aún palpitante hubiera caído al suelo. El niño palideció horrorizado e inconscientemente se tapó la boca con la palma de su mano, como si quisiera evitar empezar a gritar como un loco. “Cálmate, ese pez estaba muriendo, solo estaba sufriendo” tranquilizó al muchacho el anciano, “ven, sígueme, te enseñaré por qué está ocurriendo todo esto”. Un poco más adelante en el claro, tras unos árboles, pudieron divisar una gigantesca industria encaramada a la loma de una montaña de forma un tanto extravagante, casi parecía que en cualquier momento se pudiera despeñar hasta el fondo del valle. Desde lo lejos, la industria parecía un insecto mecánico que estuviera trepando a la cima de la montaña, era un bicho de metal que parecía respirar humo negro y denso. “Ya han abierto cinco como esas en toda la región” comunicó el abuelo a su nieto con amargura en su garganta, “pronto no quedará nada, y nosotros seremos como ese pez que buscaba la orilla de la charca”.
El abogado despierta de su sueño, estira su espalda y esta cruje como una vieja puerta de madera, no puede evitar chasquear su lengua mientras frota sus ojos. Se levanta del banco del Palacio de Justicia y da un par de pasos para estirar sus piernas, justo en ese momento, su bullicioso equipo entra por la puerta principal prácticamente celebrando una victoria. El alguacil del juzgado les indica un poco de silencio y de compostura antes de comunicarles que en breves instantes se reanudará la sesión. El grupo se calma pero en sus caras las sonrisas no se borran. Dentro de la sala del juzgado la juez dicta sentencia, “en esta ocasión, la empresa no tendrá que pagar una simple multa millonaria y dejar atrás el desastre ocasionado” comenta la juez después de dictaminar la culpabilidad de la corporación, “el abogado defensor de los municipios afectados me ha sugerido que la corporación invierta un extenso capital en recuperar y después mantener el medio ambiente que se ha visto afectado debido a la mala y abusiva gestión de recursos en la zona, y voy a aceptar su sugerencia con la esperanza de que sentencias como esta a partir de hoy se hagan más comunes”. Después de que el martillo de la juez choque sonoramente contra la madera con un golpe seco, una cálida sonrisa se dibuja en los labios del abogado, detrás de él su equipo comienza a celebrarlo bulliciosamente; sin embargo, él no puede evitar tener la mente en otro lugar, en otro lugar diferente donde el Sol riega con sus rayos lumínicos los amarillentos campos de cultivo y donde el aire fresco agita las ramas de los árboles haciendo que el bosque parezca respirar como un animal salvaje; un lugar que ya no existe, pero que sin duda volverá a ser.