Existió una vez un hombre que arrastraba su lengua por los suelos, así como si intentara descubrir el sabor del camino que iba a pisar. Su lengua colgaba de su boca como si fuera una cascada que brotara de un interno manantial de agua subterránea. Aquella ya había perdido el habitual tono rosado o rojizo que acostumbran a poseer todas las lenguas para tornarse gris y turbia, como un día oscuro de nubes oscuras, como las frías cenizas que en un tiempo pretérito fueron ardientes brasas. Asombradas permanecían las caras de los extraños que veían a aquel desconocido dar un uso tan extravagante a una lengua. Algunas ancianas incluso se llevaban la mano al rostro y arrugando sus calvas cejas tanto como los vetustos surcos que deformaban el resto de su avejentado cuerpo se escandalizaban mediante murmullos inconexos que sólo ellas entendían. También un perro, desde el extremo de la correa de su amo, pareció sorprenderse al contemplar, como si de un espejo ante sus caninos ojos se tratara, a un individuo semejante a él que caminaba por la vida con la lengua fuera pendulando más allá del límite de su boca. El hombre que arrastraba su lengua por los suelos que más tarde pisaba, a pesar de todo, los ignoraba.
En cierta ocasión, un peatón despistado pisó accidentalmente la lengua del hombre. El hombre no gritó de dolor, tan sólo apretó estoicamente y con fuerza sus párpados. El despistado peatón que sorprendido por la situación aún mantenía la suela de su zapato sobre la lengua, comenzó a disculparse completamente asombrado por la conducta disparatada del hombre. "Lo siento, pero... ¿por qué va usted arrastrando su lengua por los suelos? ¿No ve que no es higiénico?" dijo el peatón. El hombre intentó aclarar su actitud inquiriendo algunas palabras, sin embargo, al continuar su lengua atrapada bajo la suela del peatón sus palabras sonaron de extraña forma, absolutamente ininteligibles e indescifrables, como los gruñidos de un animal salvaje. Acto seguido, el peatón cortésmente levantó su pie y liberó el carnoso cuerpecillo gris, luego compuso en su rostro una expresión interrogativa como dando a entender que no había comprendido ni una sola palabra del discurso o como si en realidad no hubiera prestado la más remota atención. Los ojos del hombre que arrastraba su lengua y que por descuido fue pisada por un peatón se nublaron y sintió un dolor tan profundo como si se hubiera mesado hasta el último de sus cabellos. Agachó la cabeza y sin una sola palabra continuó su camino.
Continuando su camino, el hombre que arrastraba su lengua entró en una zona verde que conseguía sobrevivir espectacularmente entre la irrespirable vorágine de humo de la gran ciudad que gris se extendía más allá del universo perceptible. Regocijó al hombre la refrescante sensación de la verde hierba húmeda acariciar las ya casi muertas papilas gustativas de su acartonada lengua. En su camino encontró la lengua una hermosa flor. La lengua se posó sobre ella como si de una laboriosa abeja se tratara, y exactamente como una abeja intentaba succionar el delicioso polen para poder deleitarse con el dulce sabor del fruto de la vida. Sin embargo, el fruto de la vida de la flor cesó rápidamente y con él, el dulce sabor del polen que fugazmente se tornó amargo como la savia de un árbol, como la ulcerosa sensación de la ira. El hombre continuó absorbiendo el dulce fruto del resto de las flores del jardín hasta que todas, como ocurrió con la primera, amargaron. Cuando se acabaron todas las flores el hombre desesperó pues pensó que injusto había sido el destino dándole a probar y degustar la primera de las flores del jardín para que todas al igual que la primera finalmente acabaran sin más, como todo finalmente acaba. Entonces, el jardín que antes parecía un oasis multicolor entre los sucios callejones y edificios grises de la ciudad había perdido toda su vida. Las flores se apagaron, y con ellas la hierba, y con ella el jardín entero que palideció al tono más gris. El oasis fue absorbido por completo por la piedra, por el metal, por la piel de cristal de los rascacielos... Lloró el hombre que arrastraba su lengua por la injusta existencia y por la crueldad del destino, apretó sus dientes fuertemente como si intentara atrapar su lengua para que no escapara y se arrastró con ella junto a las piedras del camino. Allí despegó por primera vez su lengua del suelo. Sus manos y sus rodillas estaban apoyadas en el empedrado, estaba postrado a cuatro patas como un vulgar perro. Agachó su cabeza y finalmente proyectó su rostro furiosamente contra las piedras amputando así sus dientes de un corte limpio la gris lengua. La abeja perdió su aguijón. El hombre cayó de costado al suelo con los ojos muy abiertos, sangrando copiosamente tanto de la boca como de la cabeza. Inmediatamente un grupo de personas rodeó el cuerpo del hombre, murmullos, después silencio, luego el grupo de personas se dispersó, realmente parecían felices, como un grupo de hormigas que se amontonaran y obtuvieran el cuerpo sin vida de una pequeña abeja para almacenarla en su despensa.
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