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miércoles, 27 de febrero de 2013

Un lugar que ya no existe

El abogado entierra su cara bajo sus manos y suspira profundamente, cierra los ojos como si tratara de dormirse. Escucha lejanos los ruidos del pasillo del Palacio de Justicia. Los tacones y las suelas de los zapatos de las personas que deambulan por el pasillo entrechocan contra las baldosas y resuenan como ecos distantes, como gente caminando perdida en la oscuridad dentro de una enorme cueva con el techo elevado y cubierto por estalagtitas. Las conversaciones entre abogados y clientes son apenas susurros, como diálogos que estuvieran dándose lugar en el otro lado del mundo. Siente su espalda resentida por la dura madera del respaldo del banco en el que está sentado y siente la necesidad de doblarla, y así apoya sus brazos en sus rodillas y se recuesta sobre sus piernas. El sueño acumulado sólo es una pequeña carga comparada con el agónico cansancio físico. Ha sido una ardua semana, largos días y largas noches trabajando sin apenas descanso alguno; de hecho, así han sido los últimos meses, sin embargo, esta última semana de trabajo ha sido la peor, como un sprint final en los últimos metros antes de llegar a meta después de correr una maratón entera. No obstante, todas esas horas de trabajo, todo ese sueño perdido ha merecido la pena. Es el caso más complicado de su corta carrera, pero posiblemente sea el caso más importante que vaya acometer en toda su vida. La juez está deliberando en estos momentos, en breve llamará a todas las partes para dictar sentencia. Sus compañeros decidieron ir a desayunar a un restaurante cercano mientras se preparaba el veredicto; sin embargo él no fue con ellos, necesitaba estar a solas en estos momentos, necesitaba pensar. Mientras todo su cuerpo se relaja, mientras el sueño comienza a llegar, de alguna forma siente el sol calentar su rostro y él sonríe. No existe ningún Sol en el techo de los pasillos del Palacio de Justicia, solo un par de frías luces fluorescentes que hacen que los pasillos luzcan pálidos y mortecinos como la sala de espera de un hospital, ni siquiera unos leves rayos logran atravesar los pequeños ventanucos. Este Sol que él siente es un magnífico Sol pretérito, una estrella que brilla intensa escondida en algún confín de su cerebro, oculta en algún lugar recóndito de su memoria, que ilumina cálida algún tallo neuronal muy adentro de su sistema nervioso. Comienza también a sentir una brisa limpia y fresca en su rostro, y por supuesto en los pasillos del Palacio de Justicia no hay ninguna corriente de aire que se filtre del exterior, solo un estruendoso aire acondicionado tan artificial como las luces fluorescentes. La brisa es como una fugaz corriente de aire que le guía como un hilo de plata a través del caprichoso laberinto de la memoria.


El joven muchacho corría apurado detrás del anciano, apenas podría creer que una persona tan mayor tuviera tanta energía. El niño gritó llamando la atención de su abuelo y éste se detuvo más adelante en los campos de cultivo esperando a que el joven le alcanzara. El anciano bajó de su hombro la enorme azada que todas las mañanas le acompañaba, la azada le seguía como el arma de un viejo guerrero siempre le acompaña al campo de batalla. Su figura se erguía como una estatua de mármol impasible bajo el Sol de la mañana. “Yo corro más que tú, abuelo; ¿por qué siempre llegas a los sitios a los que vamos antes que yo?” preguntó el joven niño una vez alcanzó al anciano, “¿nunca te han contado la historia de la liebre y la tortuga, hijo? Si no te distrajeras por el camino con tonterías llegarías siempre el primero” respondió mientras sonreía al joven muchacho. El anciano levantó su azada y la acomodó de nuevo en su fornido hombro y continuó caminando. Anduvieron el anciano y el niño a través de los surcos del campo de cultivo, a través de la tierra duramente trabajada día a día durante eternas jornadas de sol a sol. Los novatos pies del niño a veces se hundían en la tierra removida como si un joven gamo cayera en la trampa de un cazador y sin poder evitarlo en ocasiones acababa cayendo al suelo; tras cada caída el niño protestaba suspirando sonoramente, sin embargo, rápidamente se ponía en pie y nunca lloraba, ni en un millón de años lloraría delante de su abuelo. Los brotes hacía tiempo habían dejado de ser verdes y ya habían amarilleado bajo el Sol como el pan que se dora dentro del horno. Alguna racha fuerte de viento sacudía de vez en cuando las espigas y estas se movían como las olas del océano, el campo entero parecía la costa de un inmenso mar ocre. El anciano de pronto se detuvo y alzó la mirada al cielo. “Este es el trabajo más viejo del mundo, hijo. Bueno, la mayoría de las personas te dirán que es otro, pero no es así” dijo el viejo mientras escudriñaba el cielo intentando descifrar el clima de los próximos días en el tejido gris y blanco con el que están hechas las nubes, como las adivinadoras leen en los posos del café. “¿Cuál dicen que es el trabajo más viejo del mundo, abuelo?” preguntó el niño de improviso interrumpiendo los pensamientos del anciano y el viejo de pronto dejó de contemplar el cielo y bajo la vista rápidamente hacia su nieto observándole con una mirada desconcertada y después estalló en una sonora carcajada. “¿Cuál dicen que es?” preguntó de nuevo con insistencia el joven que como casi todos los niños nunca dejaba una pregunta sin responder. Bajo los ojos del anciano y bajo las ojeras que grises caían debajo de estos como la lava ya fría que hubiera emergido de un volcán, sus mejillas enrojecieron como las ascuas de una hoguera avivadas por un fuelle y con voz dubitativa le respondió al joven “los curas” y añadió unos segundos después “pero los mismos curas te dirán que el primero que trabajó fue Caín, y él trabajaba la tierra, y la verdad que mucho no escuchaba a Dios”. El anciano empujó levemente el hombro del niño para indicarle que continuara la marcha. “Abuelo, ¿crees en Dios?” preguntó el joven unos pocos metros más adelante. El anciano se detuvo de nuevo, agachó la cabeza y con dificultad se arrodilló en el suelo, cogió un gran terrón de tierra y con fuerza lo aplastó dentro de su mano transformada en un puño, “la verdad es que he trabajado esta tierra durante más días de los que puedo recordar y nunca ha aparecido por aquí, pero todos esos días siempre me ha acompañado eso de allí”. El viejo señaló el valle que se extendía abajo más allá de sus tierras de cultivo. Un enorme bosque residía en lo más profundo del valle, era azotado por el viento y el ramaje parecía rugir como una bestia salvaje, la estructura verde formada por millones de hojas parecía agitarse como el pelaje de un lobo corriendo contra el viento. Las montañas se erigían imponentes como los viejos titanes de las mitología; antiguas, fuertes, magníficas, se podía imaginarlas como aquellos gigantes divinos paralizados en el tiempo exhibiendo a los mortales su descomunal musculatura pétrea. Muchas mañanas la bruma se apoderaba de las cimas de esas cumbres otorgándoles un aspecto más divino si cabía, como aquellas montañas prohibidas para los hombres en algunas culturas donde se dicen que habitan los dioses. Las crestas de aquellas montañas estaban afiladas y dentadas como sierras viejas y parecían cortar el cielo mismo como si lo estuvieran atravesando. “No sé si existe Dios, no me corresponde a mí saberlo o no, he sido siempre un hombre trabajador y honesto, siempre he procurado el bien al resto de hombres que he conocido en esta vida, solo espero que cuando llegue mi hora y sea quien sea quien me acoja me de un huerto para seguir trabajando, no puedo pasarme la eternidad vagueando por el Paraíso, si es un vergel como dicen necesitarán a un jardinero que lo vaya arreglando”. Hicieron un alto bajo un árbol frutal que lindaba con los campos de cultivo, un robusto y viejo manzano con enormes raíces que parecían los tentáculos de un monstruo marino y que poderosas se hundían en la tierra amarrando el árbol al suelo con extrema firmeza. El intrincado y denso ramaje del árbol proveía a cualquier caminante ocasional de una buena sombra. El anciano cogió un par de manzanas rojas que brillaban como el fuego con ayuda de su azada y acercó una a su nieto. Juntos almorzaron bajo el viejo árbol sin apenas decir una palabra, tan solo disfrutando en silencio de la fresca brisa que a veces soplaba y que refrescaba el ambiente que poco a poco a medida que la mañana transcurría iba siendo cada vez más sofocante. “Coge esa azada, hijo” dijo el anciano cuando acabaron de almorzar “comienza a cavar allí”. “Pesa mucho, abuelo” dijo el joven después de lanzar un par de golpes a la tierra seca y rígida apenas mellando su superficie. “Cada golpe hoy te pesará más que el anterior, sin embargo, mañana esa azada parecerá que pesa menos que hoy” respondió sonriendo. Cuando el niño con gran esfuerzo cavó un pequeño agujero el anciano cogió las semillas de las manzanas que habían comido y lo puso en las manos del joven. “Toma, entiérralas en ese agujero. Las semillas son diferentes a las personas, cuando entierras una semilla es cuando le das una oportunidad para nacer” dijo el anciano al joven. “¿Mañana será un árbol?” preguntó el joven. “No” respondió el viejo mientras reía y pasaba su mano por su larga barba blanca, “necesita mucho tiempo y mucha paciencia para crecer; sin embargo, desde que brote el primer tallo y surjan las primeras hojas, esa planta será tu responsabilidad, y de ti dependerá para crecer, cuanto más la atiendas más fuerte y frondoso será el árbol que resulte, y cuando seas mayor lo contemplarás con orgullo” enseñó el anciano al joven y este le miraba en silencio y con preocupación en su rostro. “Pero no te preocupes, renacuajo, las plantas no necesitan mucha atención, se conforman con poco” dijo mientras frotó el pelo del joven con gesto cariñoso. El anciano y su nieto prosiguieron su camino y llegaron finalmente a los lindes del campo de cultivo, allí unos cuantos nogales delimitaban un pequeño claro donde había una pequeña charca, más allá de ese claro se abría un bosque frondoso y sombrío. Años atrás los jóvenes acudían a refrescarse a aquella charca en los calurosos días de verano, por las noches el croar de las ranas y sapos se podía escuchar desde kilómetros a la redonda y los mosquitos y los tábanos se acumulaban en aguerridas nubes de insectos que atacaban sin piedad. El anciano contempló con preocupación la charca, sus aguas estaban ennegrecidas como el petroleo y eran viscosas como un engrudo. El joven compuso en su rostro una cara de desagrado cuando a su nariz llegó un olor pestilente que provenía de aquellas aguas negras estancadas. “¿Por qué huele así de mal? ¿Es esto normal?” preguntó el niño desconcertado, “no, no lo es” respondió su abuelo. Dentro de la charca un pez se movía cerca de la orilla, casi como si quisiera escapar de aquellas aguas pastosas y ennegrecidas; sin embargo, el pez nadaba lentamente como si estuviera agotado o ya se sintiera derrotado y apenas pudiera luchar por intentar encontrar algo de agua transparente que respirar. El anciano dijo al joven que cogiera el pez y que lo pusiera en el suelo. El muchacho obedeció y le sorprendió el hecho de que el pez se dejara atrapar con tanta facilidad. El pez tendido sobre la hierba apenas se agitaba, casi parecía agradecer su rescate de las turbias aguas. El anciano descargó un fuerte golpe con su azada y de un solo tajo la cabeza se desprendió del resto del pez. El cuerpo del pez saltó de pronto como si de repente hubiera recuperado todas sus fuerzas y se retorció sangrando como si un corazón aún palpitante hubiera caído al suelo. El niño palideció horrorizado e inconscientemente se tapó la boca con la palma de su mano, como si quisiera evitar empezar a gritar como un loco. “Cálmate, ese pez estaba muriendo, solo estaba sufriendo” tranquilizó al muchacho el anciano, “ven, sígueme, te enseñaré por qué está ocurriendo todo esto”. Un poco más adelante en el claro, tras unos árboles, pudieron divisar una gigantesca industria encaramada a la loma de una montaña de forma un tanto extravagante, casi parecía que en cualquier momento se pudiera despeñar hasta el fondo del valle. Desde lo lejos, la industria parecía un insecto mecánico que estuviera trepando a la cima de la montaña, era un bicho de metal que parecía respirar humo negro y denso. “Ya han abierto cinco como esas en toda la región” comunicó el abuelo a su nieto con amargura en su garganta, “pronto no quedará nada, y nosotros seremos como ese pez que buscaba la orilla de la charca”.


El abogado despierta de su sueño, estira su espalda y esta cruje como una vieja puerta de madera, no puede evitar chasquear su lengua mientras frota sus ojos. Se levanta del banco del Palacio de Justicia y da un par de pasos para estirar sus piernas, justo en ese momento, su bullicioso equipo entra por la puerta principal prácticamente celebrando una victoria. El alguacil del juzgado les indica un poco de silencio y de compostura antes de comunicarles que en breves instantes se reanudará la sesión. El grupo se calma pero en sus caras las sonrisas no se borran. Dentro de la sala del juzgado la juez dicta sentencia, “en esta ocasión, la empresa no tendrá que pagar una simple multa millonaria y dejar atrás el desastre ocasionado” comenta la juez después de dictaminar la culpabilidad de la corporación, “el abogado defensor de los municipios afectados me ha sugerido que la corporación invierta un extenso capital en recuperar y después mantener el medio ambiente que se ha visto afectado debido a la mala y abusiva gestión de recursos en la zona, y voy a aceptar su sugerencia con la esperanza de que sentencias como esta a partir de hoy se hagan más comunes”. Después de que el martillo de la juez choque sonoramente contra la madera con un golpe seco, una cálida sonrisa se dibuja en los labios del abogado, detrás de él su equipo comienza a celebrarlo bulliciosamente; sin embargo, él no puede evitar tener la mente en otro lugar, en otro lugar diferente donde el Sol riega con sus rayos lumínicos los amarillentos campos de cultivo y donde el aire fresco agita las ramas de los árboles haciendo que el bosque parezca respirar como un animal salvaje; un lugar que ya no existe, pero que sin duda volverá a ser.

jueves, 14 de febrero de 2013

El hombre que arrastraba su lengua

Existió una vez un hombre que arrastraba su lengua por los suelos, así como si intentara descubrir el sabor del camino que iba a pisar. Su lengua colgaba de su boca como si fuera una cascada que brotara de un interno manantial de agua subterránea. Aquella ya había perdido el habitual tono rosado o rojizo que acostumbran a poseer todas las lenguas para tornarse gris y turbia, como un día oscuro de nubes oscuras, como las frías cenizas que en un tiempo pretérito fueron ardientes brasas. Asombradas permanecían las caras de los extraños que veían a aquel desconocido dar un uso tan extravagante a una lengua. Algunas ancianas incluso se llevaban la mano al rostro y arrugando sus calvas cejas tanto como los vetustos surcos que deformaban el resto de su avejentado cuerpo se escandalizaban mediante murmullos inconexos que sólo ellas entendían. También un perro, desde el extremo de la correa de su amo, pareció sorprenderse al contemplar, como si de un espejo ante sus caninos ojos se tratara, a un individuo semejante a él que caminaba por la vida con la lengua fuera pendulando más allá del límite de su boca. El hombre que arrastraba su lengua por los suelos que más tarde pisaba, a pesar de todo, los ignoraba.
En cierta ocasión, un peatón despistado pisó accidentalmente la lengua del hombre. El hombre no gritó de dolor, tan sólo apretó estoicamente y con fuerza sus párpados. El despistado peatón que sorprendido por la situación aún mantenía la suela de su zapato sobre la lengua, comenzó a disculparse completamente asombrado por la conducta disparatada del hombre. "Lo siento, pero... ¿por qué va usted arrastrando su lengua por los suelos? ¿No ve que no es higiénico?" dijo el peatón. El hombre intentó aclarar su actitud inquiriendo algunas palabras, sin embargo, al continuar su lengua atrapada bajo la suela del peatón sus palabras sonaron de extraña forma, absolutamente ininteligibles e indescifrables, como los gruñidos de un animal salvaje. Acto seguido, el peatón cortésmente levantó su pie y liberó el carnoso cuerpecillo gris, luego compuso en su rostro una expresión interrogativa como dando a entender que no había comprendido ni una sola palabra del discurso o como si en realidad no hubiera prestado la más remota atención. Los ojos del hombre que arrastraba su lengua y que por descuido fue pisada por un peatón se nublaron y sintió un dolor tan profundo como si se hubiera mesado hasta el último de sus cabellos. Agachó la cabeza y sin una sola palabra continuó su camino.
Continuando su camino, el hombre que arrastraba su lengua entró en una zona verde que conseguía sobrevivir espectacularmente entre la irrespirable vorágine de humo de la gran ciudad que gris se extendía más allá del universo perceptible. Regocijó al hombre la refrescante sensación de la verde hierba húmeda acariciar las ya casi muertas papilas gustativas de su acartonada lengua. En su camino encontró la lengua una hermosa flor. La lengua se posó sobre ella como si de una laboriosa abeja se tratara, y exactamente como una abeja intentaba succionar el delicioso polen para poder deleitarse con el dulce sabor del fruto de la vida. Sin embargo, el fruto de la vida de la flor cesó rápidamente y con él, el dulce sabor del polen que fugazmente se tornó amargo como la savia de un árbol, como la ulcerosa sensación de la ira. El hombre continuó absorbiendo el dulce fruto del resto de las flores del jardín hasta que todas, como ocurrió con la primera, amargaron. Cuando se acabaron todas las flores el hombre desesperó pues pensó que injusto había sido el destino dándole a probar y degustar la primera de las flores del jardín para que todas al igual que la primera finalmente acabaran sin más, como todo finalmente acaba. Entonces, el jardín que antes parecía un oasis multicolor entre los sucios callejones y edificios grises de la ciudad había perdido toda su vida. Las flores se apagaron, y con ellas la hierba, y con ella el jardín entero que palideció al tono más gris. El oasis fue absorbido por completo por la piedra, por el metal, por la piel de cristal de los rascacielos... Lloró el hombre que arrastraba su lengua por la injusta existencia y por la crueldad del destino, apretó sus dientes fuertemente como si intentara atrapar su lengua para que no escapara y se arrastró con ella junto a las piedras del camino. Allí despegó por primera vez su lengua del suelo. Sus manos y sus rodillas estaban apoyadas en el empedrado, estaba postrado a cuatro patas como un vulgar perro. Agachó su cabeza y finalmente proyectó su rostro furiosamente contra las piedras amputando así sus dientes de un corte limpio la gris lengua. La abeja perdió su aguijón. El hombre cayó de costado al suelo con los ojos muy abiertos, sangrando copiosamente tanto de la boca como de la cabeza. Inmediatamente un grupo de personas rodeó el cuerpo del hombre, murmullos, después silencio, luego el grupo de personas se dispersó, realmente parecían felices, como un grupo de hormigas que se amontonaran y obtuvieran el cuerpo sin vida de una pequeña abeja para almacenarla en su despensa.

El empleado del museo

"Hoy arrastro cadenas y estoy aquí
Mañana seré libre, pero ¿dónde?"

Edgar Allan Poe


Irwin Tuttle era un hombre de mediana edad, aunque con el pelo cano, con una resplandeciente sonrisa siempre en la boca, con la apariencia de un sabio pero sin serlo. Él era el empleado de limpieza de un famoso museo, me reservaré citar nombres. Era un empleado modélico. En sus veinte años de servicio nunca había ocasionado problema alguno, ¿cómo lo iba a ocasionar? Irwin Tuttle ni siquiera había llegado tarde un sólo día, siempre era puntual. Tenía también el récord de ser el empleado que más horas seguidas de trabajo había realizado en un solo día, un auténtico ejemplo del trabajo a destajo. También sobre sus espaldas recaía todo el peso específico y todo el prestigio de ser durante cinco años consecutivos empleado del año. Sí, Irwin Tuttle no sería uno de esos expertos en arte, no, ni uno de esos profesores y doctores que sabían de un cuadro desde la hora en la que el artista había comenzado a pintarlo hasta el número de pinceladas que había utilizado. Sin embargo, se podría decir que Irwin Tuttle conocía todas esas obras de arte al dedillo ¿Cómo no iba a hacerlo? Él había limpiado durante veinte años todos los días aquellas obras de arte, ¿acaso una madre no conoce mejor a su hijo veinteañero mejor que él mismo? Todas las noches, Irwin Tuttle, desde hacía veinte años comenzaba barriendo y fregando todos y cada uno de los pasillos del museo, éste era para él el trabajo más duro. Después venía el trabajo más agradable. Cuidadosamente desempolvaba todas las esculturas, como si en verdad fuesen suyas. Limpiaba y sacaba brillo al mármol detenida pero también desaforadamente. Muchos compañeros comentaban jocosamente que era tan meticuloso, tan insistente y tan exagerado en su trabajo que no dudaban en que si Irwin Tuttle permaneciera allí otros veinte años más de servicio, los jefazos del museo se quedarían sin estatuas por lo pulidas y desgastadas que podría llegar a dejarlas. A nadie empleado en ese museo y que conociera la meticulosidad de Irwin Tuttle le hubiera extrañado llegar una mañana y ver reducidas aquellas estatuas a un simple canto rodado. Si Irwin Tuttle era meticuloso con las estatuas del museo, tendríais que haberlo visto con los cuadros. A la par que los desempolvaba recorría cada trazo con su cansada mirada. Algún otro empleado nocturno que le había visto realizar esta tarea, aseguraba que éste a veces permanecía cerca de un cuarto de hora limpiando y contemplando un cuadro incansablemente. También oí decir a los empleados del museo que cada vez que Irwin Tuttle adecentaba uno de los cuadros revivía en su mente la imagen impresa en él.  Lo cierto es que escuché muchas extrañas historias acerca de la simbiosis entre Irwin Tuttle y "esos" cuadros, casi podría decir "sus" cuadros. La mayoría de los empleados del museo odiaban todas aquellas geniales obras, estaban cansados de verlas; para ellos, el retrato al óleo anónimo del siglo XIX de una singular joven sonriendo dentro de la vitrina 302 A era simplemente "la fea", o la escultura de época renacentista del dios Apolo desnudo del piso tercero era simplemente "el mariquita". Sin embargo, Irwin Tuttle, aquel modélico empleado, las amaba todas, se podría decir que daría su vida por ellas. Henrik Slabstsen, un emigrante noruego también empleado en aquel museo, aseguraba haber visto una noche a Irwin Tuttle desaparecer como por arte de magia cuando se encontraba limpiando un cuadro y como no, contemplando la obra absorto. Dijo muy nervioso haberle visto volatilizarse delante de un precioso cuadro. El cuadro representaba una barca atracada en la costa de una playa, mientras, el amanecer de un caluroso día de verano se alzaba tras una escarpada montaña marrón. Todo el mundo trató al extranjero Hendrik como a un loco, pues Irwin Tuttle volvió al día siguiente tan pronto y tan dispuesto al trabajo como siempre, pero eso sí, más de un empleado aseguró que su cara estaba bastante bronceada y que era muy improbable que un hombre pudiera broncearse el rostro bajo el otoñal sol de la ciudad. A mis oídos llegaron también los rumores de otros dos testigos que aseguraban haber visto desaparecer a Irwin Tuttle también delante de un cuadro. Lo cierto es que nadie podía ni aún hoy puede asegurar nada. De todas formas, a oídos de los jefes llegaron toda serie de rumores y desatinos, elucubraciones e increíbles historias de todo tipo. Los jefazos sabían perfectamente que Irwin Tuttle era el mejor empleado del que disponían, pero un enfermizo miedo por el peligro que pudiera correr la seguridad de todas esas obras de arte, tomaron la fatal decisión del despido. Nunca ningún empleado de aquel museo olvidará jamás la cara de Irwin Tuttle cuando conoció la noticia. Él, el empleado modélico, el empleado del año durante cinco años consecutivos, el hombre que nunca había llegado tarde al trabajo, el hombre con el récord de permanecer más horas seguidas trabajando en el museo, a él, a él estaban echando. Los empleados del museo aseguran que cuando salió del despacho del director del museo se vino abajo, comenzó a llorar infantilmente tumbado en el frío suelo de aquellos pasillos que él mismo había barrido y fregado durante veinte años, pero él sabía perfectamente que aquellas lágrimas que empapaban el suelo iban a ser el último fregado que iba a realizar en ese museo. Con ayuda de algunos compañeros pudo salir del museo, pues aseguran que no podía siquiera caminar solo después de conocer la noticia, aunque otros dicen que sí anduvo solo, pero que solo fue para acercarse a mirar por última vez algunos de sus cuadros favoritos. El futuro para Irwin Tuttle después del despido no fue ni muy prometedor ni muy largo. Dicen sus vecinos que se recluyó en su casa durante muchos días y aseguran que no salió para nada. Después de un mes más o menos, los vecinos comenzaron a temer por su salud y llamaron a la policía. Éstos entraron en el hogar de Tuttle y encontraron su cadáver echado sobre la cama. Los médicos no encontraron razón alguna para explicar la muerte de Irwin Tuttle, aunque muchos empleados del museo sin ser médicos dicen que murió de pena. Lo más extraño de todo es que después de yo mismo visitar aquel museo, se me quedó grabado en la mente uno de los cuadros favoritos de Irwin Tuttle. En él, un hombre de mediana edad, aunque con el pelo cano, con una resplandeciente sonrisa siempre en la boca, con la apariencia de un sabio pero sin serlo, y sobre todo, luciendo un hermoso bronceado, permanecía tumbado sobre una barca atracada en la costa de un playa, mientras, el amanecer de un caluroso día de verano se alzaba tras una escarpada montaña marrón.

Hogar

Siempre recordaré al viejo. Siempre recorriendo la casa cojeando lentamente, arrastrando su cáncer en una sinfonía desafinada de toses húmedas y chorreantes mientras la ceniza de su pitillo con el filtro casi fusionado a su labio inferior caía ya fría sobre sus canosas y descuidadas barbas. El pelo de su bigote y alrededor de su mentón había enamarillecido por el humo del tabaco, las uñas de sus manos siempre largas y descuidadas parecían barro, y sus yemas y dorso de sus dedos hacía décadas eran ocres. Cuando se cansaba de vagar por la vieja casa y hacer crujir la madera bajo sus pies acostumbraba a sentarse en la mecedora del porche mientras contemplaba los campos de día y las estrellas de noche. Yo acostumbraba a observarle desde el pequeño ventanuco de la cocina desde que era prácticamente un niño, en ocasiones el viejo se dormía en la mecedora y su sueño era tan profundo que yo pensaba que había muerto. En ocasiones despertaba de improviso envuelto en pesadillas, se revolvía en la vieja mecedora y finalmente mirando sombríamente a su alrededor como si buscara algún demonio evadido de sus malos sueños en la realidad volvía a recostarse poco a poco para continuar su silencioso dormir. El viejo cuando se cruzaba conmigo en el pasillo me susurraba “Joven ¿acaso aún no los oyes reptar en las paredes? ¿No escuchas sus susurros? Pronto los escucharás”. Yo, desde niño, dominado por una fuerte pero a la par serena curiosidad me sentaba en ocasiones en el pasillo y con mi oreja pegada a la fría madera de la pared pasaba horas con los ojos cerrados. Imitaba en una especie de juego a los indios de las películas que cuando para oír la llegada de los caballos del hombre blanco llevaban sus oídos al suelo y predecían su llegada. Intentaba concentrarme imaginando que mi cabeza se fusionaba con la madera como si las astillas fueran parte de mi piel, visualizaba en mi mente la negrura del interior de aquel muro, casi podía sentir sus moléculas pesadas y polvorientas vibrando cerca de mi tímpano, trataba de descubrir lo que fuera que tuviera que decir aquella maldita pared. Frecuentemente acababa durmiéndome sentado en mitad del pasillo con la cabeza apoyada sobre la pared hasta que los primeros rayos de sol entraban por la ventana y con su calor en mi rostro me despertaban. Cuando el viejo escupía sangre me lanzaba enfurecidas miradas que me hacían pensar que al anciano le debía un pulmón. El sótano, hacía siglos que había sido descuidado ya que el viejo apenas tenía fuerzas ya para hacer mantenimientos, hace años que se había inundado y el agua continuaba allí, tras tanto tiempo transcurrido ya era una charca y básicamente apestaba a charca. En ocasiones yo me sentaba en las escaleras del sótano justo en el escalón donde el nivel del agua se detenía y durante horas contemplaba la negra inundación, imaginaba que estaba en el pequeño muelle de una laguna o un pantano, en ocasiones curiosas burbujas efímeras y nerviosas acudían a la superficie y estallaban rápidamente como el bullir del agua en una olla, solía imaginar que era la anfibia respiración de extraños y pequeños seres similares a duendes con aspecto de salamandras rojas. Los pájaros anidaban a sus anchas en el desván y el ácido de su guano había corroído toda la pintura. Por la noche una cercana jauría de lobos o de perros abandonados dominaban los campos con sus interminables aullidos y yo le rezaba a Dios para que los granjeros no hubieran olvidado por descuido la puerta de algún corral o establo abierto y que ellos poseídos por el demonio del hambre no devoraran viva a ninguna cría de algún animal. A veces soñaba con pequeños lechones gritando desamparados en la oscuridad mientras afilados dientes rasgaban su piel y sus enrojecidos músculos. En mi infancia adoraba meter mi mano en los enormes agujeros de los hormigueros y sentir un millar de pequeñas patitas hacerme cosquillas. Cuando encontraba un pájaro o un gato muerto en el campo lo tocaba cuidadosamente con una rama y finalmente cuando decidía que estaba bien lejos de este mundo hacía un pequeño hoyo con mis manos y lo enterraba. Cuando cogía las herramientas del viejo sin su permiso para jugar a oficios de hombre adulto y me descubría, el anciano me vareaba con su bastón y me gritaba que era un ladrón de mierda y que mis costillas sufrirían por mi mala acción. Recuerdo el olor de la cocina cuando pelaba los pollos sentado en una silla y tiraba las tiras de plumas con restos de piel dentro una bolsa de plástico.
Encontré un día el cadáver ya frío del anciano tirado en mitad del salón una mañana. Yo solo contaba con diez años. Me arrodillé junto a él y simplemente toqué la piel de su brazo. En ese momento fui consciente de que no sentía nada por aquel ser humano, ni amor ni odio, sencillamente nada. Es extraño explicarlo, quizás mi infantil mente lo había asociado tanto a esa casa que sencillamente había incorporado su existencia a la misma, como si en vez de un ser humano normal solo se tratara de otro objeto de los que habitaban la casa, como una vieja lámpara que ahora se había roto o como una escultura que se había caído de su tarima y se había hecho añicos. No podía llorar por una vieja lámpara o por una estúpida escultura.



Habiendo transcurrido casi veinte años desde la muerte del viejo y tras un eterno peregrinaje de orfanatos y de casas de acogida, y posteriormente de diversos trabajos y empresas, finalmente decidí regresar a la vieja casa donde una vez me crié y quizás dedicar mi vida a la labor del campo que circundaba la propiedad. La casa había cambiado mucho. Tras vivir en ella casi dos meses ciertamente llegué a pensar que la casa tenía vida. No sólo me refiero a que cuando aproximaba las palmas de mis manos a esas paredes húmedas tras el viejo papel adhesivo que las cubría las sentía cálidas y pegajosas, como deben ser las entrañas de un animal. No sólo me refiero a esa extraña vibración remota que se siente en las sienes y en el filo de los dientes que va más allá de un mal cableado eléctrico o de la acción de las termitas en el interior de las maderas de las paredes. Llegué a considerar que la casa realmente estaba viva o que algo vivía en su interior, deslizándose desde sus cimientos hasta la última de sus tejas. Poco a poco fui siendo consciente de que esa sensación que fluía a través de las paredes, esa sensación que conmocionaba hasta los dientes de mi boca no era vida sino muerte. Claro que ese era el concepto humano más parecido que podía darle, porque esa casa no estaba viva y por ello, nunca podría morir. Nada que no haya vivido puede morir. Porque nada que no haya nacido o brotado de la tierra puede vivir. Quizás otro concepto en nuestro humano lenguaje sea el de la nada, pero tampoco es acertado, porque cuando en un lugar existe algo no sería correcto decir que no haya nada.
En ocasiones pienso en esa casa cuando no era nada, cuando no era un objeto único y unificado; o mejor dicho, varios objetos unificados para formar un concepto único, la casa. Pienso en esos objetos cuando no eran parte de ese concepto humano, casa. Pienso en un árbol emergido de la Tierra hace trescientos años y que luego fue talado, mutilado de su madre tierra para ser desollado y troceado para formar parte de un concepto tan elevado como puede ser “hogar”. Sí, en ocasiones pienso en el sacrificio de ese árbol como parte de un ritual ancestral. Sin embargo, ese árbol, y otros tantos como él no estaban destinados a honrar a un concepto tan bello y decididamente humano o humanista como “hogar”, tan sólo a otro más vulgar y básico como “casa”. Cuantas veces me he sentado en el suelo del salón mirando al alto techo y he pensado en cada material y objeto y en si ellos estaban destinados de alguna forma a pertenecer a este concepto. Un cuadro pintado por alguien hace cincuenta años, ¿sabría ese pintor que su cuadro acabaría en un lugar como éste? El cuadro es realmente horrible, quizás lo hizo para que acabara precisamente en un lugar así. Quizás ese pintor odió a su pobre obra del mismo modo en el que algunos padres acaban odiando a sus hijos y la condenó a estar aquí. No, no puede ser, ningún padre odiaría así a su hijo.
Como solía hacer de niño, cierto día bajé de nuevo al sótano y recordando viejos tiempos me senté en el último escalón, justo en el linde del nivel del agua negra y embarrada. Esperé cerca de dos horas pacientemente esperando a que los duendes anfibios necesitaran respirar y finalmente comenzaron a surgir las burbujas. Sin embargo, las burbujas en esta ocasión no eran tenues y efímeras como las estrellas fugaces en cielo nocturno, no, parecían las burbujas que produce un buzo bajo el agua al emerger. Pronto una espuma embarrada comenzó a sumarse al festival de enormes y alocadas burbujas. Algo parecía necesitar emerger de la profundidad de la charca de mi sótano, me pregunté a mí mismo asustado si realmente mi pequeño pantano estaba habitado por seres fantásticos y precisamente hoy, el más grande y monstruoso de ellos tras tantos años había decidido emerger. Ante mi incrédula sonrisa de las aguas de la charca surgió una horrible maleta estampada en avanzado estado de descomposición. La maleta flotaba con dificultad entre la embarrada espuma. Cuando amenazó con volverse a hundir rápido me apresuré a buscar el palo de una escoba para alcanzarla. No fue complicado rescatar la maleta de las aguas, el objeto había emergido lo suficientemente cerca del metafórico muelle que suponían los escalones de sótano. Sentí una enorme sensación de repulsión al tocar el húmedo material de la maleta, de cómo ciertas partes de la maleta al contacto con mis manos se desmenuzaban entre mis dedos como si fuera lodo. El contenido de la maleta me desconcertó por completo. La maleta estaba repleta de zapatos de mujer, todos de diversos tamaños y formas y colores, y curiosamente todos pertenecientes al pie derecho. Mis ojos se obsesionaron durante un eterno instante con un pequeño zapatito rojo, parecía una miniatura de un zapato de mujer adulta, como si hubiera pertenecido a una muñeca. Extrañado ante el sorprendente contenido de la maleta solo puede reaccionar devolviendo de nuevo la maleta a las aguas de mi sótano. La arrojé de nuevo a la charca con notable nerviosismo. La sensación que me embargó fue realmente angustiosa, era como si hubiera tenido entre mis manos un objeto maldito. No pude llegar a una conclusión lo suficientemente lógica o racional para explicar la existencia de aquella maleta y su extraño contenido mientras observaba como se hundía lentamente en las turbias aguas. Finalmente la última porción de maleta que sobresalía sobre las aguas fue engullida por el barro y el lodo y dejó tras de sí las acostumbradas burbujas efímeras que desde niño había observado. A esa maleta le había tomado más de veinte años emerger, seguramente estaba enterrada en el suelo del sótano antes de la inundación que creó mi pequeña laguna y el agua poco a poco removió y erosionó la tierra durante tantos años hasta que finalmente no pudo retenerla por más tiempo y la devolvió a la superficie.
Aquella misma noche sumido entre la confusión y el desasosiego rescaté otra de mis costumbres pretéritas de niño para buscar un poco de paz y armonía. Aún temblando mis piernas di a parar al suelo del pasillo en el piso de arriba y lentamente acerqué mi oído a la madera de la pared. Cerré mis ojos y pensé en la oscuridad del interior de aquel muro. Imaginé como hacía de joven que mi cabeza se fusionaba con la pared suave y lentamente y me concentré. Pronto, desmenuzando un complejo tejido de leves y vibrantes sonidos naturales logré acceder por primera vez en mi vida a lo que el viejo bautizó como “susurros”. Al principio fueron solamente algo distante y lejano, algo lejano y distante como el trote de los caballos del hombre blanco acercándose amenazante a la aldea india. Luego, el sonido se mostró claro y rotundo, tanto que no podía escuchar otra cosa. “Me está susurrando por fin” pensé “la casa al fin me está hablando después de tantos años”.



El día que la policía comenzó a sacar huesos de una tubería de la casa con una sonrisa incrédula en mi rostro comencé a creer por unos instantes que en estos dos meses había tenido razón. Que esa casa era realmente un organismo vivo, casi sentí deseos de parar a los agentes y decirles “¿qué hacen? Están deshuesando mi casa, eso le podría doler”. Pocos instantes después borré esa sonrisa de mi boca y realmente llegué a la conclusión de que los huesos decididamente no pertenecían a mi casa. Las casas no tienen huesos ni esqueleto, ni siquiera la mía. No, ni por asomo. Mientras los policías y los bomberos picaban en las paredes y arruinaban el viejo papel húmedo y viscoso, y luego por fin la fina capa de yeso y se abrían paso hacía las maderas de su interior poco a poco aquellos susurros que durante una noche por fin llegué a escuchar se hicieron más patentes, finalmente fue un continuo chirrío agónico que todos pudieron escuchar. Era aquella fina vibración que podía sentir en mis sienes y en el filo de mis dientes. Uno de los bomberos arrojó su pico al suelo y realizó un estúpido movimiento que le hizo caer al suelo de bruces, creo que intentaba de alguna forma escapar. Intentó escapar porque sus ojos habían transportado a su cerebro una imagen que éste no podía asumir, si la cabeza humana estuviera dotada de una pequeña puertecita, digamos por ejemplo en la nuca, el cerebro de ese hombre hubiera abandonado su cráneo por esa puertecita corriendo como un poseso y gritando “mierda, yo me voy, abandono este puto trabajo”. Pero esa pequeña puertecita en la nuca de los hombres no existe, y tu cerebro tembloroso y asustado no puede gritar y mucho menos aún correr escaleras abajo buscando el aire fresco del exterior. Así que, ese pobre bombero solo pudo tropezar y caer al suelo, arrojar todo su desayuno sobre sí mismo y palidecer por completo. Desde donde yo me encontraba no podía ver qué había descubierto en el interior de la pared ese bombero, sin embargo, un policía corrió hacia a mí y me miró como si fuera el anticristo, luego fui consciente de que su mano estaba apoyada sobre la culata de su arma con el seguro de su cartuchera abierto. Volví a mirar el rostro del bombero del suelo, no apuntaba a nada bueno. Cuando el cuerpo de una persona preparada para asumir con valor y decisión el riesgo y el peligro tiembla como una niña de cinco años perdida en el bosque por la noche, y cuando está tan pálido que asustaría a los propios fantasmas, o al menos los propios fantasmas que aparecen en las películas parecen más bronceados que él, considerando el hecho de que estaba llorando envuelto en un llanto casi inconsciente y visceral, como si el concepto mismo que tuviera de la humanidad se hubiera enturbiado hasta la franja de color más oscura, ciertamente no apuntaba a nada bueno.
El policía ordenó secamente “venga conmigo y no haga nada con sus manos, quiero verlas en todo momento”, yo pensé “este loco de mierda me rellena de plomo y su amigo el bombero impresionable me vacía antes con su pico”. El policía me empujó levemente como si fuera un caballo y él un vaquero y yo caminé en dirección hacia el bombero. Cada paso que daba sentía más presente esa vibración remota y claramente poco a poco era una especie de zumbido en mis oídos, casi como un eterno susurro de mi subconsciente, como un pensamiento que no debía aflorar porque fue enterrado en las profundidades de mis circunvoluciones cerebrales y en cada micro molécula de mi ADN hace miles de años. El instinto es más patente aún que ese recuerdo, el recuerdo de cuando ninguno de nosotros podría ser considerado ser humano, el prehistórico recuerdo de algo prehistórico y por ello no escrito. ¿Acaso puede escribirse la maldad primigenia? ¿Acaso puede comprenderse la brutalidad propia de unos animales tristes, solos y confundidos que aspiraron a ser humanos después de miles de años de evolución? Algo de muy adentro afloró, ese recuerdo casi extinto también afloró en el cerebro del bombero en un sólo instante y lo abatió por completo. Casi pude escuchar esas voces que aún no sabían como ser convertidas en palabras. Quizás identifiqué esos susurros de la pared con las lejanas voces que clamaban a gritos desde otro tiempo, desde las más aterradoras profundidades de esa zona del cerebro que los científicos llaman cerebro primitivo. Un bombero comentó en alto mientras yo pasaba seguido del policía que me custodiaba “¿Cuántos puede haber tan sólo en esta pared? ¿Una docena? Jesús, esa calavera es muy pequeña, tiene que ser de un niño o una niña muy joven, casi un bebé”, en ese instante el rojo y pequeño zapatito derecho acudió a mi mente. Miré al agujero de la pared y descubrí que los susurros eran producidos por un muro de insectos y gusanos que reptaban y se revolvían entre un montón indefinido de huesos humanos. Fui consciente de que estaba en un gran problema, no suele ocurrir que un día cualquiera descubres ser propietario de una casa que está rellena por completo de cadáveres.
Salimos por la puerta yo y el policía detrás mío con su mano aún apoyada en la culata de su pistola, seguro estaba de que años de experiencia y un severo sentido de la justicia le separaban de vaciarme su arma en mi estómago. Había mucha gente en mi jardín, policías y bomberos con palas y operarios con excavadoras cavando en mi césped. El jardín parecía haber sido plantado con una multitud de flores rojas, solo que esas flores rojas no eran flores rojas sino una multitud de banderitas rojas que señalaban más restos descubiertos. Cada banderita roja simbolizaba una vida sesgada, una vida interrumpida de improviso, una tardía e improvisada lápida anónima, una rosa roja marchita ennegrecida en un instante. Los operarios detuvieron sus máquinas, los policías y los bomberos dejaron de cavar y de comentar entre ellos cosas como “¿Cómo puede ocurrir ESTO en un lugar civilizado?” o “ESTO no es propio de seres humanos, ni siquiera de animales” o “no había visto ESTO en toda mi vida y creo que no lo volveré a ver, espero, nunca”; era el momento en el que yo cruzaba el camino de piedra del jardín delante del policía. Miré sus caras silenciosas, se asombraron de que no tuviera colmillos, se asombraron de que no tuviera garras u ojos rojos o pelaje por todo mi cuerpo, creo que eso fue lo que más les asustó, que yo era normal, que yo podría ser el espejo donde cualquier ser humano se podría reflejar. Yo no sonreía, yo no estaba triste, en parte estaba tan sorprendido como ellos. Pero ellos eran seres humanos, capaces de apoyar guerras que en un instante producen más cadáveres tres veces más numerosos que los que había escondidos en esa casa y sentirse además felices y patrióticos, y la par sentirse abatidos por menos víctimas. Quizás hasta la brutalidad más desalmada sea tan solo un punto de vista.
Oí en la radio del policía que me custodiaba “él no puede ser el asesino, el forense dice que hay restos muy viejos, de al menos cincuenta años de antigüedad”. Las miradas de los policías y de los bomberos comenzaron a dispersarse, quizás sus mentes se refugiaron de nuevo en la idea de que el verdadero asesino era un monstruo terrible. Sin embargo, yo sabía que tan sólo era un viejo malhumorado que cojeaba por la casa acompañado por su bastón, y de joven según escuché en mi infancia sólo un hombre solitario confinado a sus labores diarias. “¿Desde hace cuanto tiempo vive en esta casa?”, “solo dos meses”, “¿A quién pertenecía?”, “el anterior propietario está muerto”, “¿Le conoció?”, “Sí, yo heredé esta casa, no la compré”.

Edén

“¿Qué haces aquí? ¿No sabes que los niños no pueden jugar aquí?” dijo el muchacho a la niña que acababa de llegar con un tono enojado en su voz mientras se balanceaba lentamente en el columpio. “Pero, tú eres un niño y estás jugando” respondió la niña. “Eres muy joven, es peligroso estar aquí” argumentó el niño mientras frenaba el columpio con sus pies dibujando un par de surcos en la arena del suelo. “Está bien, tú me defenderás” dijo la niña mientras reía animosa. La música de la risa de la niña lejos de enojar más al muchacho solo consiguió alegrarle, y aún sentado en el columpio dijo a la joven “está bien, ¿te has montado alguna vez en un columpio?”. La niña lo miró fijamente y con decisión asintió con su cabeza. “Aquí no tienes por qué mentir, ya te he dicho que este es un lugar peligroso, parece simplemente un parque pero no lo es en absoluto, tienes que confiar siempre en mí y no te pasará nada malo, ahora dime la verdad” dijo el niño escrutando el rostro de la muchacha, ésta entonces negó lentamente con su cabeza. “Está bien, yo te ayudaré” dijo con decisión el niño levantándose del asiento metálico. La niña ocupó su lugar en el columpio y el niño comenzó a empujar suavemente la silla, “tienes que agarrate fuertemente porque si te caes te puedes hacer daño” aconsejó el niño. El niño poco a poco fue incrementando la fuerza en cada empujón, “cuando subas tienes que estirar las piernas para coger más impulso” dijo el niño y entonces empujó con todas sus fuerzas el columpio. La niña comenzó a reír enloquecida mientras su pelo largo y negro se agitaba en el viento. “Cuando desaparezca el suelo no te asustes, yo estaré aquí mismo aunque no puedas verme” gritó en cierto momento el niño. “De acuerdo” gritó a su vez la muchacha. Y en ese momento el suelo bajo sus pies se desvaneció y donde un instante antes solo había arena y graba se abrió un enorme acantilado. Enormes rocas eran melladas y afiladas por los salvajes golpes de la embravecida porción de mar que luchaba por abrirse más hueco a través del acantilado. La niña sentía en su cara en Sol y la salada caricia de la brisa marina, las gaviotas garabateaban sobre su cabeza invisibles dibujos con sus alas en el inmenso cielo azul. “¿Tienes miedo?” escuchó la niña como le decía detrás de ella la voz del muchacho. “No, no quiero que acabe nunca” gritó la niña.



La niña regresó al día siguiente al parque abandonado. Anduvo con paso errante a través de los descuidados jardines del parque que casi parecía un campo silvestre en la pradera. Buscó a su nuevo amigo en todos los lugares pero no lo encontró. Cabizbaja y apenada se sentó en el metálico asiento del columpio y mirando fijamente a la arena del suelo dejó mecer su cuerpo lentamente. El chirrido continuo de las cadenas acompasaba la tediosa melodía de la brisa que silbaba incansable. “Estoy aquí, ¿no puedes oírme?” escuchó detrás suyo de improviso, la niña volvió su cabeza más no encontró propietario alguno para aquella frase pronunciada. “Puedo oírte, pero no puedo verte” dijo casi en silencio la joven confundida por el hecho de estar hablando sola. “Eso es porque no te has fijado bien, solo me has buscado con tus ojos” susurró de nuevo decir a la voz, esta vez la niña sintió la voz posarse sobre su oreja izquierda, incluso sintió su aliento acariciar suavemente su cabello. La niña cerró sus ojos lentamente y esperó unos segundos, sonrió cuando sintió que las nubes se abrían dando paso a la cálida luz del sol que escapaba de entre su pálido escondite en los cielos. “¿Vas a estar toda la tarde ahí sin hacer nada?” escuchó que decía la voz de su nuevo joven amigo en la lejanía. Los ojos de la niña se abrieron lentamente y bajo las lánguidas hojas del sauce pudo contemplar la silueta del joven apoyado contra la rugosa madera del viejo árbol. La niña se levantó del columpio y con paso rápido y decidido se encaminó hacia donde estaba el joven. “Creía que no ibas a venir” susurró la niña con voz tímida. “¿Qué dices? He estado aquí en todo momento” respondió el niño con una expresión de confusión en su rostro “tú eres la que acaba de llegar”. “Me gusta este árbol” dijo la niña de improviso después de un corto silencio durante el cual estuvo observando el viejo sauce. “Es un sauce, a mí no me gusta” dijo con decisión el joven. “¿Por qué no te gusta el sauce? Sus hojas son preciosas y sus ramas son enormes, casi tocan el suelo” se sorprendió la niña tras la afirmación del joven. “No son ramas, tonta. Son lágrimas. Lágrimas de árbol” se defendió el niño “este árbol lleva años llorando continuamente, apenas soporto ya su llanto”. “Y, ¿por qué llora?” preguntó con preocupación la niña. “Nadie lo sabe, lleva llorando tantos años que ni él mismo sabe por qué está tan triste, sólo continúa haciéndolo porque es lo que siempre ha hecho” respondió el niño mientras tocaba suavemente con la palma de su mano la corteza del viejo sauce casi como si quisiera acariciarlo. “Quizás llora porque está solo, es el único árbol que hay en el parque” dijo la niña con angustia en sus palabras. “Lo dudo, nunca ha visto a otro árbol, no es que antes viviera en un bosque o algo así, él nació aquí, así que no tiene por qué echar de menos a otros árboles” argumentó el niño. “Entonces, ¿por qué llora?” preguntó de nuevo la niña. “Ya te he dicho que nadie lo sabe, ni siquiera él” repitió el niño como si se estuviera desesperando por momentos. Finalmente cogió la mano de la niña por su muñeca y suspirando hizo que la niña posara la palma de su mano sobre la madera del sauce. “Preguntale tú misma si crees que puedes solucionarlo, pero te aseguro que no vas a conseguir nada” dijo el niño con voz indolente. La niña sintió como la dura corteza del árbol bajo su mano casi vibraba, sintió que algo fluía en el interior de aquel rugoso caparazón, como si en verdad aquel sauce fuera una enorme tubería a través de cuyo interior hubiera una continua corriente de agua. “Concéntrate, escucha en su interior” susurró el niño y la muchacha cerró sus ojos. Pronto comenzó a escuchar el eco de una lejana corriente de agua fluir, como si de una distante catarata se tratara. “Escucho el agua” susurró la joven. “Estás escuchando el agua que ha absorbido el sauce durante años de la tierra, el recuerdo del agua es eterno, cuando este árbol solo era una planta el recuerdo del agua solo era unas cuantas gotas, sonaba parecido a como cuando gotea el agua de un grifo cuando está mal cerrado, pero ahora que el sauce es viejo el recuerdo del agua es una descomunal cascada; ahora, presta más atención” susurró el niño. La niña se concentró aún más en el lejano eco de la catarata y pronto pudo distinguir un extraño llanto entre la monotonía hipnótica de la cascada que quebraba continuamente cada una de sus gotas de agua contra las rocas de madera del interior del sauce. De pronto la niña se dio cuenta de que el llanto realmente era una triste melodía que parecía provenir de una flauta. “¿Es una flauta lo que escucho?” preguntó la niña. “Claro que no, es el llanto del árbol, te parece una flauta porque muchas flautas están hechas de madera, cuando los árboles lloran parece la melodía de una flauta porque los árboles también están hechos de madera. Es una curiosa coincidencia, ¿verdad?” respondió casi con enfado el muchacho. “Es una flauta, sé que es una flauta” respondió a su vez también con enfado la niña y entonces abrió los ojos vehementemente decidida a discutir con su joven amigo. Sin embargo, cuando la niña abrió sus ojos quedó enmudecida por completo. Las lánguidas ramas del sauce habían desaparecido, en vez de ellas un enorme manto líquido se extendía por encima de sus cabezas, como si fuera una enorme cascada que fluyera lentamente y que nunca cayera contra el suelo. Casi podía distinguirse cada gota de agua surgiendo desde el interior del sauce y describiendo una infinita parábola a través de aquella misteriosa corriente que nunca precipitaba y que levitaba desobedeciendo las leyes de la física. La luz del sol penetraba en el interior de aquel increíble ramaje acuático y transparente y se filtraba a través de él siendo devuelto en infinitos y diminutos arcos iris que brillaban durante leves instantes como pequeñas estrellas fugaces. “Es precioso” susurró la niña que continuamente miraba la copa del viejo sauce. “No, no lo es” respondió el niño lamentándose “solo es la tristeza del sauce”.



Los dos niños se sentaron en la hierba del parque abandonado, ya era tarde y descansaban después de una tarde interminable de juegos y aventuras. El niño miró fijamente a los ojos de la joven, la niña sintió que su joven amigo tenía algo importante que decirle. “Hace mucho tiempo los padres traían a este parque a sus hijos para que jugaran y se divirtieran” susurró el niño “pero pronto dejaron de hacerlo porque este lugar no es lo que parece. Las personas no son conscientes del todo de ello, sin embargo, de una forma u otra acaban sabiendo que algo está mal en este sitio, así que todos acaban marchándose”. “Es un lugar muy bonito, no sé por qué la gente no quiere estar aquí” se dijo la muchacha. “Sus ojos ven un parque, un lugar donde jugar y disfrutar, sin embargo, su mente y su cerebro, también lo que los científicos llaman subconsciente, solo pueden ver una especie de casa embrujada o una especie de cementerio oscuro y misterioso” respondió el niño. “Solo es un parque normal, solitario y abandonado, pero un parque en definitiva” se defendió la niña. “¿Y qué ocurre con todas las cosas extrañas que has visto hasta ahora? ¿Cómo las explicas?” preguntó intrigado el niño. “Son nuestros juegos, esas cosas las hemos imaginado, están en nuestras mentes” dijo la niña en voz alta como si quisiera hacer entrar en razón al joven. El niño sonrió divertido y después preguntó “¿Y si no es así? ¿Y si no has imaginado nada de esto? ¿Y si todo es real?”. La muchacha negó con la cabeza, “entonces si no lo he imaginado, todas esas cosas maravillosas que he visto es como me haces sentir tú, pero tampoco es real”. El rostro del niño se ensombreció entonces y quedó completamente enmudecido. “¿Qué ocurre? ¿Te encuentras bien?” preguntó la niña. “Sí, no ocurre nada” respondió el joven y la niña vislumbró en la expresión de su rostro que el muchacho mentía. “¿Qué es? Me lo puedes contar, confía en mí” susurró la niña sujetando las manos del joven. “La gente también dejó de venir a este parque porque un niño murió aquí hace tiempo” respondió el muchacho. Los jóvenes quedaron en silencio durante varios minutos. “Tendré que irme cuando acabe el verano” dijo de pronto la niña. El niño continuó en silencio y su mirada se entristeció. “Pero no tienes por qué preocuparte, volveré el próximo verano, de hecho volveré todos los veranos” dijo sonriendo la niña. “¿Lo prometes?” preguntó el niño con preocupación. “Lo prometo” respondió la niña.



Al año siguiente, al comenzar el verano, la niña regresó al parque abandonado. La muchacha buscó a su amigo y finalmente él apareció tras el tronco del viejo sauce, entre las hojas que casi tocaban el suelo unidas a sus lánguidas ramas que parecían estar fabricadas de plástico elástico. La niña corrió sonriente hacia él. “Te he echado de menos” dijo sonriente la muchacha. “Yo también” dijo a su vez el niño “tenía miedo de que nunca más volviera a verte”. “Eso nunca ocurrirá, volveré siempre, todos los veranos” dijo con firmeza la joven. Sus risas invadían por completo el silencio habitual del parque durante sus juegos, en ocasiones cantaban juntos canciones que la muchacha había aprendido durante el curso en el colegio, en ocasiones corrían como locos descalzos a través del descuidado jardín para sentir el frescor de la salvaje hierba bajo sus pies, en ocasiones se tumbaban en el suelo boca arriba para contemplar las nubes y descubrir dibujos ocultos en sus formas, en ocasiones intentaban animar al viejo árbol corriendo alrededor de él tomados de la mano. La muchacha se sentía dichosa en aquel lugar, se había convertido en su más preciado refugio y aquel misterioso niño en el mejor de sus compañeros, en el mejor de sus amigos. Más de una vez, la joven pensó en que ni siquiera sabía cuál era el nombre de aquel niño, sin embargo, ella tampoco le había dicho nunca el suyo a él, así que nunca se lo preguntó, era como si ni siquiera los nombres fueran importantes en este lugar apartado de la realidad. Solo existían dos personas en el Paraíso, en aquel Edén privado no eran necesarios los nombres.



Una tarde la muchacha regresó al parque abandonado. Pudo observar que el niño estaba cerca del estanque observando fijamente las turbias aguas que inundaban su interior. La niña se acercó al joven y aún estando a tan sólo unos centímetros de él, éste pareció aún no percatarse de su presencia. “¿Qué haces?” susurró la muchacha suavemente como si no quisiera asustarle. “¿No te has preguntado qué hay bajo estas negras aguas? Hace mucho tiempo hubo incluso peces de colores cuando las aguas eran cristalinas, ahora solo lodo y fango, solo agua oscura” susurró a su vez el muchacho. “Me entristece que esté tan descuidado el estanque” confesó la muchacha. “De todas formas se lo merece” dijo el niño tajante. “¿Por qué dices eso?” preguntó la muchacha dolida. “Aquí fue donde murió un niño hace tiempo, se ahogó en el estanque, era un niño muy pequeño, escuchó como los peces chapoteaban en el agua y con curiosidad de alguna forma logró trepar al borde del estanque, se encaramó demasiado y se cayó dentro. Nadie escuchó nada” dijo sombrío el niño. La muchacha miró al joven fijamente. “Dime la verdad, por favor, prometo no tener miedo” susurró la niña “¿Estás muerto? ¿Eres un fantasma?”. “Claro que no, los fantasmas no existen” respondió el niño mofándose de la muchacha “¿acaso has pensado que yo sería tan estúpido como para ahogarme en un estanque?”. “Entonces, estás en mi cabeza” afirmó contundente la niña. “No, no soy producto de tu imaginación, no soy tu amigo invisible” respondió él tajante “antes era científico, hace mucho tiempo, pero eso no importa ya, mi situación actual no tiene nada que ver con mi antiguo trabajo, no hacía experimentos para el gobierno ni nada por el estilo, solo me dedicaba a enseñar física en la universidad”. La niña le contempló con extrañeza en su mirada. “También fui pirata” añadió el joven con rostro sombrío “pero no estoy muy satisfecho con esa faceta de mi vida, para que mi tripulación no se amotinara tuve que dar ejemplo muchas veces y muchos hombres acabaron decapitados, o murieron de hambre encadenados en la bodega de carga”. La niña le miró con horror y de pronto él comenzó a reír, “de verdad, sus agonizantes alaridos se escuchaban en la cubierta día y noche” acertó a decir mientras las carcajadas deformaban su joven rostro. La niña comenzó a reír también y golpeó suavemente el brazo del niño.
La tarde se deslizó lenta a través de los segundos, a través de los minutos, a través de las horas. El Sol casi había recorrido todo su camino en su carro de fuego, casi había logrado alcanzar las montañas del oeste y en el horizonte parecía enorme y enrojecido casi como si fuera a estallar de un momento a otro. La silueta de los dos jóvenes era acariciada por los últimos destellos dorados de la Estrella, mientras la brisa del atardecer refrescaba los poros de su piel castigada por las largas jornadas estivales de juego y diversión. “Este fue el lugar donde enterramos el tesoro” dijo el niño mientras señalaba un lugar del jardín del parque abandonado. “Pensaba que cuando dijiste que fuiste un pirata estabas bromeando” dijo la niña. El muchacho no respondió, tan sólo se arrodilló en el césped cuya hierba larga y descuidada era agitada vehementemente por el viento. “En esta parte del jardín hay flores a causa de los cadáveres que enterramos junto con el tesoro” susurró el joven señalando un grupo de margaritas tan blancas como huesos limpios que se amontonaba en el jardín. La niña se arrodilló junto a el joven. “A veces era costumbre asesinar y enterrar piratas junto con los tesoros, para que las almas impías y descarriadas de éstos protegieran las riquezas” murmuró el niño. El muchacho tomó la mano de la niña por su muñeca con delicadeza, “abre la mano y cierra los ojos” ordenó él pero con una voz suave. La niña obedeció. El joven dirigió lentamente la palma de la mano de la niña sobre la hierba, a escasos centímetros de ésta. “¿Puedes sentirlos? ¿Puedes escucharlos?” preguntó el muchacho. Poco a poco, como un recuerdo remoto, la niña comenzó a escuchar el cántico de lejanas voces. Las distantes voces eran graves y rotas, la melodía de un violín desafinado las acompañaba, pronto el sonido de un acordeón se sumó a la melodía del violín y después el entrechocar de jarras de barro llenas de cerveza y el ruido de ebrias carcajadas también se hizo patente. “Puedo escucharlos” susurró la niña “¿son ellos? ¿Los piratas muertos?”. “No, solo su recuerdos” murmuró el joven “ya te dije que los fantasmas no existen. Aquí, bajo esta tierra están enterrados un sin fin de recuerdos, los cadáveres se pudren en el barro y se descomponen, y finalmente casi nada queda de ellos, en ocasiones sólo un montón de flores. Sin embargo, la tierra puede absorber los recuerdos de sus almas, y al igual que las plantas ascienden brotando de su interior, lo mismo sucede con ellos”.



Habían transcurrido tres veranos desde la primera vez que se encontraron los dos jóvenes. Aquella tarde el calor era capaz de derretir las vías del tren que a unos cien metros del parque tras una valla metálica recorría de norte a sur el paisaje. La niña llegó tarde al parque abandonado, el joven la esperaba ansioso desde hacía horas bajo la sombra del viejo sauce. “¿Dónde estabas?” preguntó el joven a la muchacha. “He tenido que acompañar a mi madre a un banquete” respondió la muchacha. “¿Por qué has ido?” preguntó el niño. “Porque mi madre me dijo que ya tenía edad suficiente para acudir a reuniones sociales” respondió ésta. El niño comenzó a reír sin poder parar de hacerlo, la muchacha al principio quedó en silencio mirándole fijamente como si éste hubiera enloquecido, sin embargo acabó riendo ella también contagiada por el humor del niño. “¿Qué se suponen que son las reuniones sociales?” preguntó finalmente el joven. “No lo sé, la gente se reúne en un lugar acordado y cada familia lleva algo de comida y todos la comparten” respondió aún divertida la muchacha “me he tenido que poner este vestido” añadió mientras mostraba su vestido a su joven amigo dando una grácil vuelta sobre sí misma. “Es muy bonito, estás muy guapa” susurró el niño ruborizándose levemente. En ese momento la muchacha se quedó mirando fijamente al niño, éste al ver que la joven estaba tan callada y que no reaccionaba le preguntó “¿qué ocurre?”. “Tú nunca te haces mayor, incluso vistes como el primer año en que te vi” acertó a decir finalmente la muchacha. “Aquí las cosas nunca cambian, son eternas, en este parque todo está condenado a ser siempre igual” respondió el niño. “Eso no suena mal del todo” respondió la muchacha sonriendo. Tras un largo silencio por primera vez incómodo la niña finalmente preguntó “¿qué vamos a hacer hoy?”. Los ojos del niño miraron a la muchacha con incredulidad. “No lo sé, nunca antes me habías preguntado algo así” respondió el niño “las cosas suelen surgir, antes ocurría así, nunca hubo nada planeado”. De nuevo un amargo e incómodo silencio surgió entre los dos amigos como una indómita bestia invisible que se interponía entre ellos. Finalmente la niña dijo “será mejor que regrese a casa hoy temprano, no quiero que mi madre se preocupe por el vestido, le prometí que no lo ensuciaría de hierba o de tierra”. El niño asintió y se quedó inmóvil contemplando como la muchacha abandonaba lentamente el parque y poco a poco se perdía en la lejanía.



“Siento que este verano acabe así” dijo la muchacha después de una larga y acalorada discusión con el niño “no quería discutir contigo”. “Yo tampoco quería” dijo a su vez el joven. “Seguramente ahora me odiarás” susurró temerosa la muchacha. “Nunca podría” aseguró el niño. Los muchachos pronto olvidaron su discusión y mucho antes siquiera acerca de lo que discutían. “Es extraño, no sé por qué, pero este es el verano que más rápido se me ha pasado desde que te conozco” dijo la muchacha. “Es normal, cuando creces el tiempo cada vez parece que pasa más rápido, para mí este verano ha sido como todos los años” dijo el niño. “Hoy es el último día de verano, mañana me tendré que ir, ¿por qué hemos pasado nuestro último día juntos discutiendo?” preguntó la muchacha sintiendo grandes remordimientos. “No lo sé, yo ni siquiera quería discutir, sólo quería jugar contigo, como antes hacíamos” respondió el niño. “Creo que últimamente estoy enloqueciendo por momentos, estoy continuamente malhumorada y estoy casi siempre quejándome por todo” confesó apenada la joven. “Te estás haciendo mayor, es normal que experimentes esas cosas” dijo el niño. “Creo que hoy estaba enfadada por tener que irme como todos los años, y sin quererlo he acabado discutiendo con la única persona en el mundo con la que no quería discutir” confesó la joven. Los jóvenes amigos se miraron fijamente entonces y la muchacha sintió como si un gran dolor se apoderara de su garganta. “¿Sabes? Dentro de ti hay parte de una estrella” dijo el niño y comenzó a sonreír. El canto de los pájaros en el abandonado parque caía del cielo como la tibia lluvia en verano. “No seas tan cursi” respondió la joven mientras sus mejillas se enrojecían lentamente. La muchacha ya comenzaba a dejar de ser una niña y poco a poco se transformaba en una mujer, así se mostraba a los ojos del niño. “No es por eso, tonta” se defendió el niño a su vez “lo digo literalmente, ¿no recuerdas que te dije que yo en otra vida fui científico? La probabilidad de que uno de los átomos de tu cuerpo formara parte en algún momento de la historia del universo de la masa de una estrella es elevada”. Ambos quedaron en silencio mirándose fijamente a los ojos, el Sol poco a poco enrojecía apagándose tras occidente y las nubes eran deshilachadas en leves jirones anaranjados por el suave susurro del viento. “¿Te volveré a ver el año que viene?” preguntó la muchacha con timidez mientras agachaba su cabeza, contemplando la descuidada hierba del jardín bajo sus pies descalzos, las verdes hebras asomando entre sus dedos, la tierra húmeda y cálida a la par bajo el manto esmeralda. “Claro que sí, el verano que viene estaré aquí mismo, esperándote” respondió el niño, “además, tú eres la que se marcha, sabes que yo me tengo que quedar, si tú regresas yo aquí estaré” añadió después para alejar la tristeza del rostro de la muchacha. “No sé si el año que viene podré encontrarte, quizás el próximo verano sea ya tarde para mí” dijo la muchacha que sintió como el llanto se agolpaba en su garganta. “El atardecer está aquí y el Sol nos abandona, se acaba el tiempo, el verano está terminando” dijo el niño mientras el mundo entero ennegrecía lentamente. “Nunca te olvidaré” susurró la muchacha y el niño se apuró en responder que no dijera esas cosas, que sonaban a despedida. “Lo siento, nunca te olvidaré” susurró de nuevo la muchacha mientras el cuerpo del niño poco a poco se desvanecía desintegrándose entre los últimos rayos de luz del Sol estival. El muchacho trató de decir que no llorara, que no fuera tonta, que fuera valiente, que la quería y que siempre lo haría, pero su boca y sus labios ya se habían disipado en el aire. La muchacha contempló como el niño lentamente desaparecía desdibujando su silueta entre las crecientes sombras del parque, disipándose como un reflejo en las aguas de un lago mientras son agitadas. Cuando la noche llegó, él se había ido por completo, como se había marchado año tras año al finalizar el verano durante la corta vida de la joven, en aquel parque abandonado donde la hierba crecía enloquecida bajo las lánguidas hojas del sauce centenario, donde el columpio chirriaba mecido por el viento mientras su desconchada pintura caía poco a poco en finas escamas de color azul, donde el agua del estanque era turbia y a la vez brillaba en dorados destellos cuando la luz la acariciaba. Sola en el parque no pudo evitar echarse a llorar. En ese mismo momento fue consciente de que por primera vez en todos los años de su vida cuando llegaba ese momento al final del verano era la primera vez que lloraba. Otros años tan sólo había confiado en las palabras del muchacho y había regresado a su casa riendo feliz sabiendo que al siguiente verano él volvería a estar allí, en el parque abandonado, como todos los años había estado. Pero este año era distinto, algo había cambiado en ese lugar que parecía no cambiar nunca. Ese parque abandonado que parecía ser como una eterna fotografía donde ningún niño jugaba ya nunca, donde nadie se acercaba ya, algo era diferente. Rápidamente lo supo, la única cosa diferente era ella, ella era el único elemento no constante en ese universo estático. “Lloras porque ya no eres una niña” le susurró rápidamente su mente “lloras porque has crecido, lloras en silencio como los adultos. Tienes miedo a perderle, solo los adultos tienen miedo a perder las cosas, por eso mismo lo has perdido para siempre”. Y la muchacha se encaminó con paso ligero a su casa, y por primera vez en su vida sintió miedo al caminar sola a través del viejo parque abandonado por la noche.



Una mujer camina lentamente por el parque abandonado, casi ha anochecido, casi el verano ha terminado, ella siente que el tiempo se le agota. El viejo sauce acoge la presencia de su cuerpo débil con sus lánguidas hojas, acariciando su cabello con la punta de sus ramas. La tos hierve en su garganta y la obliga a detener su paso, a doblarse en sus rodillas. Su pañuelo blanco se tiñe de sangre. “¿Cuánto tiempo ha pasado?” pregunta la voz de un niño tras ella. “Casi cuarenta años” responde la mujer. “Siempre supe que volverías” dice el niño mientras sonríe “¿dónde has estado todo este tiempo?”. “He estado fuera, he vivido una vida completa y plena, pero ahora estoy muy enferma, antes de morir quería verte una vez más” responde la mujer mientras sonríe al joven niño vestido con su vieja ropa de siempre. “¿Quieres quedarte conmigo a jugar en el parque, como antes solíamos hacer?” pregunta el niño. “Nada me gustaría más en este mundo” responde la mujer aún sonriendo. “Ahora me acabas de recordar a la niña que una vez se fue de aquí, vamos, el tiempo apremia, está a punto de anochecer” dice el niño mientras tiende su mano. La niña sujeta la mano del muchacho fuertemente y junto a él comienzan a correr a través del parque abandonado, mientras sus dos cuerpos se van desvaneciendo en el aire sus risas invaden el atardecer. El cuerpo de la mujer acostado en el suelo finalmente deja de moverse, deja de respirar, deja de luchar, y bajo el viejo sauce permanece posada sobre un charco blanquecino formado por una veintena de margaritas pálidas como los huesos limpios.

Pequeña historia del fin del mundo

Por un instante imaginó que era un espíritu o algo más ligero que el aire, quizás solo viento. Se imaginó a sí mismo volando entre las hojas, por encima de las copas de los árboles. Desde ahí arriba podía ver a los muchachos jugando en el parque, a las parejas enamoradas paseando, a los ancianos sentados en los bancos contemplando como lentamente se les escapaba el tiempo. Desde ahí arriba podía volar entre las nubes, deslizarse a través del viento, saborear la libertad de los pájaros del cielo.
Sin embargo, él no era un espíritu o algo más ligero que el aire, ni siquiera tan sólo viento. Solo era un ser humano más de los que allí abajo pululaban por el parque. Pero la idea ayudaba. A veces acudir a ese parque y simplemente sentarse en un banco tranquilizaba su mente y le llenaba de felicidad. Ser más ligero que el viento y observar la Tierra entera desde las nubes solo era un pensamiento que ayudaba. Así debería sentirse Dios. Feliz e imperturbable. Sentado sobre su trono de madera observaba aquellos cientos de metros de parque, su reino, y contemplaba a las personas, sus súbditos. En aquel lugar ya no pensaba en sus problemas, contemplaba a los niños reír mientras jugaban a la pelota, contemplaba a los perros corriendo alocados de un lado a otro persiguiendo cosas sin importancia como una bolsa de plástico mecida por el viento o un palo de madera y todo parecía mas liviano. No es que odiara su vida del todo, pero de vez en cuando igual que las personas normales, necesitaba un momento en el banquillo para tomar un respiro, una pausa para poder continuar después con el resto de su existencia. Ya no odiaba a las personas que le miraban de reojo con repulsión o con lástima, hacía años que había aprendido que eso no tenía sentido. También había decidido hacía tiempo que él era otro ser humano más, aunque algunos de los otros no lo pensaran así. Quizás tuviera más problemas que los demás, pero sin duda era una persona con todos sus derechos. La única diferencia con todos ellos era que él no tenía un hogar donde acudir cuando llega la noche o donde resguardarse cuando llega el frío. Sin embargo, no podía comprender como una carencia material podía ser capaz de llegar a enajenar tanto a un ser humano, hasta el mismo punto de ser rechazado por casi todos los demás miembros de la sociedad, a veces, por él mismo.
Un niño se quedó mirándole fijamente, como si de un monstruo o de un perro enorme amenazante se tratara. Él simplemente sonrió, el niño no se movió ni un ápice, tan sólo sus ojos miraron al suelo. Él siguió la mirada del crío y se detuvo junto a la de este en un balón de plástico que estaba junto a sus pies. “¿Es tuyo?” preguntó con la voz espesa y rota, como la voz de alguien que no ha dicho una sola palabra en dos días, tosió después para aclararse la garganta. El niño continuó paralizado, como siendo víctima del trance de una cobra dispuesta a atacar. “Toma” dijo él agarrando la pelota y arrojándola suavemente a las manos del muchacho. El crío cogió la pelota al vuelo casi de forma inconsciente y una vez la tuvo entre sus manos se dio a la fuga para reunirse con sus amigos sin decir una sola palabra. “Los niños aprenden rápido de sus mayores” se dijo así mismo mientras parecía sonreír con una torcida mueca.



La familia no daba crédito a lo que estaba viendo en la pantalla de televisión. El padre agarró el mando a distancia con enfado, amagó un intentó de arrojarlo contra la pantalla que asustó a su hija pequeña y casi gritó “pero, ¿cuánto tiempo llevan así? ¡Por el amor de Dios! ¡Qué son las noticias!”. La madre cacharreando en la cocina atareada susurró fingiendo una voz casi abatida “tranquilo, es la televisión moderna, a veces hacen cosas artísticas aunque no las comprendamos”. “Pero yo quiero ver las noticias, no ésto” y señaló con el mando a distancia como si fuera una prótesis plástica de su propia mano a la pantalla de la televisión. En la imagen se podía ver detrás de la mesa del presentador en vez de éste un maniquí de plástico vestido como éste, incluso guardaba bastante parecido con él. La imagen en la pantalla daba la impresión de estar congelada, solo había una inmensa carencia de movimiento. Cerca de diez minutos llevaba la imagen estática de los noticiarios con el maniquí con sus ojos de plástico mirando al infinito siendo retransmitida.
Finalmente la policía entró en el estudio de televisión, todo apuntaba a que se trataba de un secuestro de la cadena, o de un ataque terrorista o quizás de una extraña broma sin sentido y carente de humor. Un grupo de cuatro agentes irrumpió en el plato, todos caminaban juntos y en estado de alerta con sus armas delante de sus rostros, dispuestos a disparar ante la menor señal de alarma. “Informe de situación, alfa, responda” sonó en las emisoras de radio del policía encargado de la misión. “Jefe, esto no tiene sentido, aquí no hay nadie” susurró el agente con una voz dubitativa, “¿qué es esto?”. En el estudio, tras las cámaras sólo había maniquíes parodiando el trabajo del equipo de rodaje, incluso había un grupo de maniquíes tras una mesa de imagen y sonido frente a varios monitores con auriculares en sus cabezas, uno de ellos parecía señalar con cara de sorpresa o miedo a una de las pantallas justo a la cual en la que aparecía el presentador de plástico. Otro maniquí parecía haber quedado paralizado en un instante en el que estaba corriendo, entre sus manos portaba una caja de cartón rosa llena de bollos. El tipo de las noticias cuya imagen estaba siendo retransmitida a millones de hogares continuaba allí y junto a él otro maniquí que se parecía curiosamente al tipo gracioso que presentaba los deportes estaba agachado junto a otro maniquí de una mujer en cuclillas, parecía susurrarle algo al oído. El grupo de policías investigó la zona, no había nadie allí y el estudio había estado cerrado por dentro desde hacía casi media hora. “No sea ridículo, tiene que haber alguien allí dentro” chisporroteó la radio del agente encargado. “Responda, responda, ¿sigue ahí? ¿Qué está ocurriendo?” sonó después en la radio del agente, sin embargo nadie contestó. El sonido de la radio provocó un siniestro y frío eco dentro del plató de televisión. Los cuatro agentes que habían entrado al plató de las noticias ahora eran cuatro maniquíes uniformados que se miraban continuamente entre ellos con una expresión de sorpresa en sus caras.
En otras cadenas comenzaron a interrumpir las emisiones y saltaron a informativos especiales. Las imágenes no habían sido siquiera montadas, eran en riguroso directo. Unos periodistas estaban grabando en un parque natural, desconcertada la presentadora señalaba al cielo, las imágenes de un tembloroso cámara mostraban como había comenzado a llover del cielo bandadas enteras de pájaros que se precipitaban al suelo como objetos inanimados sonando como miles balones de plástico al chocar contra éste. El cámara enfocó al suelo y la presentadora cogió uno de los pájaros entre sus manos, y con los ojos llorosos y llenos de confusión susurró a su micrófono “es de plástico”.
Otro grupo de periodistas estaba rodando en una amplia avenida de la ciudad, había un tremendo atasco de coches con enfadados conductores tras los volantes que se sumaban progresivamente a una desafinada sinfonía de bocinas. Los periodistas llegaron corriendo al origen del atasco, un autobús se encontraba detenido frente a un semáforo en verde. En su interior solo había figuras de plástico, junto a la puerta de entrada del autobús el maniquí de una anciana con la figurita de un perro entre sus brazos parecía charlar con su boca eternamente entreabierta con el maniquí del conductor que sonreía educadamente.
Las noticias comenzaron a ser confusas en los televisores, había retransmisiones desde todas las partes del ancho mundo. Un hombre que estaba siendo atracado en su comercio por un tipo encapuchado con un pasamontañas con una escopeta estuvo durante media hora con los brazos en alto delante de su asaltante, sin que este se moviera o hablara lo más mínimo, finalmente el dueño del comercio se acercó al asaltante y quitándole el pasamontañas descubrió que se trataba de una figura de plástico. En la entrevista aseguraba que no sabía como lo habían hecho, pero que era un truco de magia bastante bueno porque todo ocurrió delante de sus ojos y no se dio cuenta de nada.
Todo comenzó a ser más siniestro cuando a medida que iba transcurriendo el día poco a poco en las imágenes retransmitidas por la televisión en directo comenzaban a ser más habituales estáticos maniquíes que fingían transitar por las calles. Un maniquí parecía haberse caído de un bicicleta en la carretera, otro parecía querer llevarse a la boca un enrollado montón de espagueti en su tenedor dentro de un restaurante, otro de un niño atendía en silencio sentado tras su pupitre mirando al encerado eternamente concentrado en las ecuaciones que su profesor dibujaba en la pizarra, otro rezaba en una silenciosa iglesia de rodillas.
Poco a poco un sereno y extraño caos comenzó a apoderarse de la ciudad y poco después del mundo entero. La gente no destruía cosas o saqueaba comercios, incluso se podría decir que los malhechores habían abandonado el crimen por un día y se mezclaban con la gente de a pie que simplemente conversaba en las calles en grupos más o menos numerosos. Curiosamente nadie parecía asustado por completo quizás debido a las extrañas circunstancias de la plaga que estaba devorando toda la vida del planeta. Las personas hablaban sin pudor alguno del final de los tiempos, una persona susurró “yo pensaba que no iba a ser así, pensé que herviríamos todos bajo una lluvia de azufre o que nos tragaría el mar, convertirte instantáneamente en una figura de plástico ni siquiera debe doler”. En ocasiones solo una persona o dos de los grupos formados se convertía en un maniquí y el resto del grupo tan sólo la miraba con lástima y se encogía de hombros, en otras ocasiones todo un grupo de parroquianos se convertía en figuras de plástico instantáneamente. Algunos jóvenes comenzaron a reunirse con sus parejas y se besaban continuamente para que cuando el azote les tocara a ellos estuvieran fusionados en un eterno beso para siempre.



Cuando el fin del mundo comenzó, él justo abandonaba el parque que acostumbraba a ser su pequeño remanso de paz, su pequeño santuario donde nada podía afectarle. Caminaba con paso acelerado, como siempre acostumbraba a andar, aunque realmente no tuviera ningún lugar al cual acudir. Pasó delante de una tienda de televisores donde un grupo de personas reía a carcajadas, él miró de reojo mientras continuaba su camino el objeto de diversión de los transeúntes parados delante del escaparate y arrugó su entrecejo con desconcierto cuando vio un maniquí presentando las noticias. Sonrió pensando en que ya el mundo entero estaba enloqueciendo menos él, “ya no saben que hacer para tenerlos a todos ellos frente a las pantallas” pensó. Él creía firmemente que por el hecho de no tener nada sería la única persona del mundo que no acabaría por enloquecer. Su felicidad era relativa dentro de un mundo materialista donde todas las personas deseaban continuamente tener más y más, algunos incluso robaban y mataban por esa razón, era todo una locura. De niño escuchó una frase que le ayudaba a soportar el día a día y a racionalizar su situación: “Pobre no es el que poco tiene sino el que mucho desea”.
Se sorprendió cuando todas las personas de la calle se arremolinaban frente a un autobús parado en mitad de la calzada, incluso comenzaron a llegar grupos de periodistas corriendo encolerizados, los coches pitaban alocados mientras el enorme vehículo parecía negarse a moverse. En ese momento se dijo en voz alta “¿qué ocurre?” y casi después sintió vergüenza por haber hablado en alto, las personas le mirarían pensando “pobrecito, ese mendigo piensa que tiene amigos o gente con la cual hablar”. Sin embargo un tipo que voceaba nerviosamente comenzó a hablar con él. “¿No te has enterado?” preguntó “el mundo se está acabando” se respondió a sí mismo. Él lo miró con los ojos muy abiertos con una expresión de sorna en su rostro. Su interlocutor continuó hablando, “lo llevan retransmitiendo todo el día por la televisión, la gente se está convirtiendo en maniquíes, en personas de plástico”, “sé lo que es un maniquí, soy un sin-techo no un imbécil” susurró él, el tipo no pareció escuchar su comentario y continuó hablando “no solo las personas, también los pájaros y todos los animales del cielo y la tierra, incluso las plantas”. “¿Las plantas también?” preguntó él desconcertado, “sí, también, ¿qué extraño verdad?, siempre pensé en que si se acababa el mundo este planeta se lo quedarían las plantas y las cucarachas, pero no, también las cucarachas empiezan a ser de plástico, y se supone que pueden sobrevivir a un apocalipsis nuclear” y después comenzó a reírse a carcajadas. “Al menos cuando estemos todos muertos no apestará a cadáver” le dijo un anciano a su mujer, “tienes unas cosas...” susurró ella. Él continuó su camino rumbo a ninguna parte, le sorprendió el hecho de que ya la gente no se apartaba cuando le veía llegar o cambiaba de acera, simplemente le veían como a alguien más, uno más de ellos. “No tiene sentido, no es una enfermedad o al menos no se comporta como una enfermedad común, no hay un patrón o una forma de contagio y existen múltiples focos en todo el mundo sin que parezcan estar relacionados” le decía un estudiante universitario a otro, “eso es porque no es una enfermedad, es una maldición” respondió el otro joven a su vez en un tono más bajo, casi como si estuviera avergonzado de pronunciar tal afirmación.
Por la tarde las cosas habían empeorado. La figuras de plástico era un elemento más que común en las calles y en las avenidas. La gente sin embargo continuaba agrupándose en el exterior, parecía que ya nadie quedaba en sus trabajos u hogares. Él continuaba vagando por las aceras observando a las personas, escuchando sus palabras, meditando sus conclusiones. Para él era algo que no había vivido en muchos años, poder mezclarse con la gente, hablar con ellos en igualdad, sin sentir menosprecio o compasión.
En algún momento de la tarde fue cuando contempló el fenómeno delante de sus ojos por primera vez. Un joven corría calle arriba y por descuido chocó contra él. Él sujetó al joven por los hombros para evitar que éste cayera al suelo, “lo siento, gracias” dijo el joven disculpándose, y un instante después él tenía entre sus manos un simple maniquí. Ocurrió tan sólo en un pestañeo, ni un solo sonido, ni un solo quejido, nada, fue algo inmediato, instantáneo, él de hecho apenas podía creerlo, pensaba que la mente le estaba jugando una mala pasada. Sin embargo, allí estaba, en sus manos, una figura de plástico en lugar del joven que corría hacia a él lleno de vida y de energía. Ahora no era nada, solo un muñeco inservible.
Según transcurría la tarde comenzó de nuevo a sentir la soledad, la noche estaba cerca y ya apenas había personas en la calle, tan solo maniquíes. Pocos momentos antes del anochecer tenía la certeza de que apenas quedaba nadie con vida en el mundo, los pocos que habrían sobrevivido estarían ya en sus hogares junto a sus familiares preguntándose en que momento llegaría su turno. Sintió la inmensa soledad reflejada en el total silencio que reinaba. En cierto momento susurró palabras al azar porque pensaba que se había quedado sordo, era como vagar a través del vacío del espacio o como estar sepultado vivo dentro de un ataúd.
Cuando llegó la noche tuvo la certeza de que era la última persona viva en la ciudad, quizás incluso en todo el planeta, ese silencio, esa ausencia completa de cualquier sonido no solo provenía de los lindes de la ciudad, venía desde muy lejos, parecía venir de todos los lugares de planeta. La noche parecía desnuda sin el sonido de los grillos.
No sabía por qué demonios él seguía con vida deambulando de un lugar a otro sin que la plaga le tocara, por el amor de Dios, tan distinto era él del resto de los humanos que ni siquiera podía sucumbir junto a ellos como un igual. Se sintió extraño al pensar que ahora que podía poseer cualquier cosa en este mundo realmente no deseaba nada. Podía vivir en cualquier mansión, incluso mudarse de una mansión a otra todos los días, apoderarse de una pequeña flota de yates, beber hasta el final de sus días champán y comer caviar hasta atiborrarse; sin embargo, llegó a la conclusión de que no necesitaba ninguna de esas cosas. Solamente le aterrorizaba la idea de estar solo el resto de sus días, pensó en que su situación de soledad no divergía mucho de su anterior situación de soledad, pero al menos podía ver gente viva pasar por delante suyo ignorándole. Pensó en cuántos años podría continuar así, condenado a vivir sólo de por vida en ese infierno de figuras inanimadas, sin embargo luego pensó en que plantas también se habían transformado en plástico y llegó a la conclusión de que pronto el oxígeno de toda la Tierra se extinguiría. Pero dudó cuando después pensó en que ya no había sobre la Tierra nada con vida que pudiera respirar a excepción de él. El mundo se había acabado y llegó a la conclusión de que solo quedaba un lugar al que quería acudir. La noche pronto acabaría y pensó que le gustaría ir a ese lugar donde siempre había sentido una paz sobrecogedora, a aquel lugar donde nada le podía afectar, a aquel lugar donde descubrió una vez hacía tiempo que era feliz. Sonrió levemente al pensar en que se estaba comportando como acostumbran los elefantes cuando intuyen su muerte y acuden a ese lugar especial para perecer.



La mañana llegó. El Sol suave y tímidamente acarició los últimos resquicios de las sombras que ya tenues se ocultaban tras las cosas borrándolas lentamente mientras se transformaban en luz. El parque a esta hora de la mañana nunca había estado tan silencioso en esta época del año. Una bandada de mudos pájaros yacía esparcida por el suelo como los juguetes abandonados de un niño, solo eran ya decenas de diminutos cadáveres de plástico. Los árboles y el césped del parque ahora tan solo eran elementos de adorno, artificiales como todo lo que una vez creó el hombre, el viento agitaba las hojas en los árboles y el sonido era un leve bullicio parecido al de varios miles de bolsas de plástico siendo removidas a la par, era una grotesca burla del fresco sonido que una vez se escuchó en los bosques. El azote había borrado todo resto de vida en la Tierra.
Una figura estaba sentada en un banco del parque, parecía tristemente paciente. Estaba apoyada contra el respaldo del banco y sus ojos estaban fijos en el Sol que nacía en ese momento. Sin embargo, esos ojos una vez humanos ya no podían quemarse ni cegar porque ya estaban cegados. Esa figura nunca podría entender la belleza de aquel amanecer, su cerebro de plástico ya no funcionaba y nunca podría ya emocionarse. A pesar de ello, aquella triste figura estaba condenada a ver amanecer cada día del resto de la eternidad. Quizás un día dentro de millones de años pueda contemplar el último espectáculo del mundo cuando el Sol estalle y su vieja piel de plástico se derrita sobre el suelo de aquel falso parque artificial. Entretanto la Tierra entera parecía un inmenso museo de cera, o el enorme escaparate de un tienda, o uno de esos falsos pueblos preparados en los desiertos para pruebas con bombas atómicas. Ahora la Tierra entera era una eterna fotografía inmóvil, un estático desfile de maniquíes viviendo sin vida un eterno instante para siempre, aquí, en este mundo donde ya nunca más los segundos serán bellas especies fugaces en peligro de extinción.