Por un instante imaginó que era un espíritu o algo más ligero que el aire, quizás solo viento. Se imaginó a sí mismo volando entre las hojas, por encima de las copas de los árboles. Desde ahí arriba podía ver a los muchachos jugando en el parque, a las parejas enamoradas paseando, a los ancianos sentados en los bancos contemplando como lentamente se les escapaba el tiempo. Desde ahí arriba podía volar entre las nubes, deslizarse a través del viento, saborear la libertad de los pájaros del cielo.
Sin embargo, él no era un espíritu o algo más ligero que el aire, ni siquiera tan sólo viento. Solo era un ser humano más de los que allí abajo pululaban por el parque. Pero la idea ayudaba. A veces acudir a ese parque y simplemente sentarse en un banco tranquilizaba su mente y le llenaba de felicidad. Ser más ligero que el viento y observar la Tierra entera desde las nubes solo era un pensamiento que ayudaba. Así debería sentirse Dios. Feliz e imperturbable. Sentado sobre su trono de madera observaba aquellos cientos de metros de parque, su reino, y contemplaba a las personas, sus súbditos. En aquel lugar ya no pensaba en sus problemas, contemplaba a los niños reír mientras jugaban a la pelota, contemplaba a los perros corriendo alocados de un lado a otro persiguiendo cosas sin importancia como una bolsa de plástico mecida por el viento o un palo de madera y todo parecía mas liviano. No es que odiara su vida del todo, pero de vez en cuando igual que las personas normales, necesitaba un momento en el banquillo para tomar un respiro, una pausa para poder continuar después con el resto de su existencia. Ya no odiaba a las personas que le miraban de reojo con repulsión o con lástima, hacía años que había aprendido que eso no tenía sentido. También había decidido hacía tiempo que él era otro ser humano más, aunque algunos de los otros no lo pensaran así. Quizás tuviera más problemas que los demás, pero sin duda era una persona con todos sus derechos. La única diferencia con todos ellos era que él no tenía un hogar donde acudir cuando llega la noche o donde resguardarse cuando llega el frío. Sin embargo, no podía comprender como una carencia material podía ser capaz de llegar a enajenar tanto a un ser humano, hasta el mismo punto de ser rechazado por casi todos los demás miembros de la sociedad, a veces, por él mismo.
Un niño se quedó mirándole fijamente, como si de un monstruo o de un perro enorme amenazante se tratara. Él simplemente sonrió, el niño no se movió ni un ápice, tan sólo sus ojos miraron al suelo. Él siguió la mirada del crío y se detuvo junto a la de este en un balón de plástico que estaba junto a sus pies. “¿Es tuyo?” preguntó con la voz espesa y rota, como la voz de alguien que no ha dicho una sola palabra en dos días, tosió después para aclararse la garganta. El niño continuó paralizado, como siendo víctima del trance de una cobra dispuesta a atacar. “Toma” dijo él agarrando la pelota y arrojándola suavemente a las manos del muchacho. El crío cogió la pelota al vuelo casi de forma inconsciente y una vez la tuvo entre sus manos se dio a la fuga para reunirse con sus amigos sin decir una sola palabra. “Los niños aprenden rápido de sus mayores” se dijo así mismo mientras parecía sonreír con una torcida mueca.
La familia no daba crédito a lo que estaba viendo en la pantalla de televisión. El padre agarró el mando a distancia con enfado, amagó un intentó de arrojarlo contra la pantalla que asustó a su hija pequeña y casi gritó “pero, ¿cuánto tiempo llevan así? ¡Por el amor de Dios! ¡Qué son las noticias!”. La madre cacharreando en la cocina atareada susurró fingiendo una voz casi abatida “tranquilo, es la televisión moderna, a veces hacen cosas artísticas aunque no las comprendamos”. “Pero yo quiero ver las noticias, no ésto” y señaló con el mando a distancia como si fuera una prótesis plástica de su propia mano a la pantalla de la televisión. En la imagen se podía ver detrás de la mesa del presentador en vez de éste un maniquí de plástico vestido como éste, incluso guardaba bastante parecido con él. La imagen en la pantalla daba la impresión de estar congelada, solo había una inmensa carencia de movimiento. Cerca de diez minutos llevaba la imagen estática de los noticiarios con el maniquí con sus ojos de plástico mirando al infinito siendo retransmitida.
Finalmente la policía entró en el estudio de televisión, todo apuntaba a que se trataba de un secuestro de la cadena, o de un ataque terrorista o quizás de una extraña broma sin sentido y carente de humor. Un grupo de cuatro agentes irrumpió en el plato, todos caminaban juntos y en estado de alerta con sus armas delante de sus rostros, dispuestos a disparar ante la menor señal de alarma. “Informe de situación, alfa, responda” sonó en las emisoras de radio del policía encargado de la misión. “Jefe, esto no tiene sentido, aquí no hay nadie” susurró el agente con una voz dubitativa, “¿qué es esto?”. En el estudio, tras las cámaras sólo había maniquíes parodiando el trabajo del equipo de rodaje, incluso había un grupo de maniquíes tras una mesa de imagen y sonido frente a varios monitores con auriculares en sus cabezas, uno de ellos parecía señalar con cara de sorpresa o miedo a una de las pantallas justo a la cual en la que aparecía el presentador de plástico. Otro maniquí parecía haber quedado paralizado en un instante en el que estaba corriendo, entre sus manos portaba una caja de cartón rosa llena de bollos. El tipo de las noticias cuya imagen estaba siendo retransmitida a millones de hogares continuaba allí y junto a él otro maniquí que se parecía curiosamente al tipo gracioso que presentaba los deportes estaba agachado junto a otro maniquí de una mujer en cuclillas, parecía susurrarle algo al oído. El grupo de policías investigó la zona, no había nadie allí y el estudio había estado cerrado por dentro desde hacía casi media hora. “No sea ridículo, tiene que haber alguien allí dentro” chisporroteó la radio del agente encargado. “Responda, responda, ¿sigue ahí? ¿Qué está ocurriendo?” sonó después en la radio del agente, sin embargo nadie contestó. El sonido de la radio provocó un siniestro y frío eco dentro del plató de televisión. Los cuatro agentes que habían entrado al plató de las noticias ahora eran cuatro maniquíes uniformados que se miraban continuamente entre ellos con una expresión de sorpresa en sus caras.
En otras cadenas comenzaron a interrumpir las emisiones y saltaron a informativos especiales. Las imágenes no habían sido siquiera montadas, eran en riguroso directo. Unos periodistas estaban grabando en un parque natural, desconcertada la presentadora señalaba al cielo, las imágenes de un tembloroso cámara mostraban como había comenzado a llover del cielo bandadas enteras de pájaros que se precipitaban al suelo como objetos inanimados sonando como miles balones de plástico al chocar contra éste. El cámara enfocó al suelo y la presentadora cogió uno de los pájaros entre sus manos, y con los ojos llorosos y llenos de confusión susurró a su micrófono “es de plástico”.
Otro grupo de periodistas estaba rodando en una amplia avenida de la ciudad, había un tremendo atasco de coches con enfadados conductores tras los volantes que se sumaban progresivamente a una desafinada sinfonía de bocinas. Los periodistas llegaron corriendo al origen del atasco, un autobús se encontraba detenido frente a un semáforo en verde. En su interior solo había figuras de plástico, junto a la puerta de entrada del autobús el maniquí de una anciana con la figurita de un perro entre sus brazos parecía charlar con su boca eternamente entreabierta con el maniquí del conductor que sonreía educadamente.
Las noticias comenzaron a ser confusas en los televisores, había retransmisiones desde todas las partes del ancho mundo. Un hombre que estaba siendo atracado en su comercio por un tipo encapuchado con un pasamontañas con una escopeta estuvo durante media hora con los brazos en alto delante de su asaltante, sin que este se moviera o hablara lo más mínimo, finalmente el dueño del comercio se acercó al asaltante y quitándole el pasamontañas descubrió que se trataba de una figura de plástico. En la entrevista aseguraba que no sabía como lo habían hecho, pero que era un truco de magia bastante bueno porque todo ocurrió delante de sus ojos y no se dio cuenta de nada.
Todo comenzó a ser más siniestro cuando a medida que iba transcurriendo el día poco a poco en las imágenes retransmitidas por la televisión en directo comenzaban a ser más habituales estáticos maniquíes que fingían transitar por las calles. Un maniquí parecía haberse caído de un bicicleta en la carretera, otro parecía querer llevarse a la boca un enrollado montón de espagueti en su tenedor dentro de un restaurante, otro de un niño atendía en silencio sentado tras su pupitre mirando al encerado eternamente concentrado en las ecuaciones que su profesor dibujaba en la pizarra, otro rezaba en una silenciosa iglesia de rodillas.
Poco a poco un sereno y extraño caos comenzó a apoderarse de la ciudad y poco después del mundo entero. La gente no destruía cosas o saqueaba comercios, incluso se podría decir que los malhechores habían abandonado el crimen por un día y se mezclaban con la gente de a pie que simplemente conversaba en las calles en grupos más o menos numerosos. Curiosamente nadie parecía asustado por completo quizás debido a las extrañas circunstancias de la plaga que estaba devorando toda la vida del planeta. Las personas hablaban sin pudor alguno del final de los tiempos, una persona susurró “yo pensaba que no iba a ser así, pensé que herviríamos todos bajo una lluvia de azufre o que nos tragaría el mar, convertirte instantáneamente en una figura de plástico ni siquiera debe doler”. En ocasiones solo una persona o dos de los grupos formados se convertía en un maniquí y el resto del grupo tan sólo la miraba con lástima y se encogía de hombros, en otras ocasiones todo un grupo de parroquianos se convertía en figuras de plástico instantáneamente. Algunos jóvenes comenzaron a reunirse con sus parejas y se besaban continuamente para que cuando el azote les tocara a ellos estuvieran fusionados en un eterno beso para siempre.
Cuando el fin del mundo comenzó, él justo abandonaba el parque que acostumbraba a ser su pequeño remanso de paz, su pequeño santuario donde nada podía afectarle. Caminaba con paso acelerado, como siempre acostumbraba a andar, aunque realmente no tuviera ningún lugar al cual acudir. Pasó delante de una tienda de televisores donde un grupo de personas reía a carcajadas, él miró de reojo mientras continuaba su camino el objeto de diversión de los transeúntes parados delante del escaparate y arrugó su entrecejo con desconcierto cuando vio un maniquí presentando las noticias. Sonrió pensando en que ya el mundo entero estaba enloqueciendo menos él, “ya no saben que hacer para tenerlos a todos ellos frente a las pantallas” pensó. Él creía firmemente que por el hecho de no tener nada sería la única persona del mundo que no acabaría por enloquecer. Su felicidad era relativa dentro de un mundo materialista donde todas las personas deseaban continuamente tener más y más, algunos incluso robaban y mataban por esa razón, era todo una locura. De niño escuchó una frase que le ayudaba a soportar el día a día y a racionalizar su situación: “Pobre no es el que poco tiene sino el que mucho desea”.
Se sorprendió cuando todas las personas de la calle se arremolinaban frente a un autobús parado en mitad de la calzada, incluso comenzaron a llegar grupos de periodistas corriendo encolerizados, los coches pitaban alocados mientras el enorme vehículo parecía negarse a moverse. En ese momento se dijo en voz alta “¿qué ocurre?” y casi después sintió vergüenza por haber hablado en alto, las personas le mirarían pensando “pobrecito, ese mendigo piensa que tiene amigos o gente con la cual hablar”. Sin embargo un tipo que voceaba nerviosamente comenzó a hablar con él. “¿No te has enterado?” preguntó “el mundo se está acabando” se respondió a sí mismo. Él lo miró con los ojos muy abiertos con una expresión de sorna en su rostro. Su interlocutor continuó hablando, “lo llevan retransmitiendo todo el día por la televisión, la gente se está convirtiendo en maniquíes, en personas de plástico”, “sé lo que es un maniquí, soy un sin-techo no un imbécil” susurró él, el tipo no pareció escuchar su comentario y continuó hablando “no solo las personas, también los pájaros y todos los animales del cielo y la tierra, incluso las plantas”. “¿Las plantas también?” preguntó él desconcertado, “sí, también, ¿qué extraño verdad?, siempre pensé en que si se acababa el mundo este planeta se lo quedarían las plantas y las cucarachas, pero no, también las cucarachas empiezan a ser de plástico, y se supone que pueden sobrevivir a un apocalipsis nuclear” y después comenzó a reírse a carcajadas. “Al menos cuando estemos todos muertos no apestará a cadáver” le dijo un anciano a su mujer, “tienes unas cosas...” susurró ella. Él continuó su camino rumbo a ninguna parte, le sorprendió el hecho de que ya la gente no se apartaba cuando le veía llegar o cambiaba de acera, simplemente le veían como a alguien más, uno más de ellos. “No tiene sentido, no es una enfermedad o al menos no se comporta como una enfermedad común, no hay un patrón o una forma de contagio y existen múltiples focos en todo el mundo sin que parezcan estar relacionados” le decía un estudiante universitario a otro, “eso es porque no es una enfermedad, es una maldición” respondió el otro joven a su vez en un tono más bajo, casi como si estuviera avergonzado de pronunciar tal afirmación.
Por la tarde las cosas habían empeorado. La figuras de plástico era un elemento más que común en las calles y en las avenidas. La gente sin embargo continuaba agrupándose en el exterior, parecía que ya nadie quedaba en sus trabajos u hogares. Él continuaba vagando por las aceras observando a las personas, escuchando sus palabras, meditando sus conclusiones. Para él era algo que no había vivido en muchos años, poder mezclarse con la gente, hablar con ellos en igualdad, sin sentir menosprecio o compasión.
En algún momento de la tarde fue cuando contempló el fenómeno delante de sus ojos por primera vez. Un joven corría calle arriba y por descuido chocó contra él. Él sujetó al joven por los hombros para evitar que éste cayera al suelo, “lo siento, gracias” dijo el joven disculpándose, y un instante después él tenía entre sus manos un simple maniquí. Ocurrió tan sólo en un pestañeo, ni un solo sonido, ni un solo quejido, nada, fue algo inmediato, instantáneo, él de hecho apenas podía creerlo, pensaba que la mente le estaba jugando una mala pasada. Sin embargo, allí estaba, en sus manos, una figura de plástico en lugar del joven que corría hacia a él lleno de vida y de energía. Ahora no era nada, solo un muñeco inservible.
Según transcurría la tarde comenzó de nuevo a sentir la soledad, la noche estaba cerca y ya apenas había personas en la calle, tan solo maniquíes. Pocos momentos antes del anochecer tenía la certeza de que apenas quedaba nadie con vida en el mundo, los pocos que habrían sobrevivido estarían ya en sus hogares junto a sus familiares preguntándose en que momento llegaría su turno. Sintió la inmensa soledad reflejada en el total silencio que reinaba. En cierto momento susurró palabras al azar porque pensaba que se había quedado sordo, era como vagar a través del vacío del espacio o como estar sepultado vivo dentro de un ataúd.
Cuando llegó la noche tuvo la certeza de que era la última persona viva en la ciudad, quizás incluso en todo el planeta, ese silencio, esa ausencia completa de cualquier sonido no solo provenía de los lindes de la ciudad, venía desde muy lejos, parecía venir de todos los lugares de planeta. La noche parecía desnuda sin el sonido de los grillos.
No sabía por qué demonios él seguía con vida deambulando de un lugar a otro sin que la plaga le tocara, por el amor de Dios, tan distinto era él del resto de los humanos que ni siquiera podía sucumbir junto a ellos como un igual. Se sintió extraño al pensar que ahora que podía poseer cualquier cosa en este mundo realmente no deseaba nada. Podía vivir en cualquier mansión, incluso mudarse de una mansión a otra todos los días, apoderarse de una pequeña flota de yates, beber hasta el final de sus días champán y comer caviar hasta atiborrarse; sin embargo, llegó a la conclusión de que no necesitaba ninguna de esas cosas. Solamente le aterrorizaba la idea de estar solo el resto de sus días, pensó en que su situación de soledad no divergía mucho de su anterior situación de soledad, pero al menos podía ver gente viva pasar por delante suyo ignorándole. Pensó en cuántos años podría continuar así, condenado a vivir sólo de por vida en ese infierno de figuras inanimadas, sin embargo luego pensó en que plantas también se habían transformado en plástico y llegó a la conclusión de que pronto el oxígeno de toda la Tierra se extinguiría. Pero dudó cuando después pensó en que ya no había sobre la Tierra nada con vida que pudiera respirar a excepción de él. El mundo se había acabado y llegó a la conclusión de que solo quedaba un lugar al que quería acudir. La noche pronto acabaría y pensó que le gustaría ir a ese lugar donde siempre había sentido una paz sobrecogedora, a aquel lugar donde nada le podía afectar, a aquel lugar donde descubrió una vez hacía tiempo que era feliz. Sonrió levemente al pensar en que se estaba comportando como acostumbran los elefantes cuando intuyen su muerte y acuden a ese lugar especial para perecer.
La mañana llegó. El Sol suave y tímidamente acarició los últimos resquicios de las sombras que ya tenues se ocultaban tras las cosas borrándolas lentamente mientras se transformaban en luz. El parque a esta hora de la mañana nunca había estado tan silencioso en esta época del año. Una bandada de mudos pájaros yacía esparcida por el suelo como los juguetes abandonados de un niño, solo eran ya decenas de diminutos cadáveres de plástico. Los árboles y el césped del parque ahora tan solo eran elementos de adorno, artificiales como todo lo que una vez creó el hombre, el viento agitaba las hojas en los árboles y el sonido era un leve bullicio parecido al de varios miles de bolsas de plástico siendo removidas a la par, era una grotesca burla del fresco sonido que una vez se escuchó en los bosques. El azote había borrado todo resto de vida en la Tierra.
Una figura estaba sentada en un banco del parque, parecía tristemente paciente. Estaba apoyada contra el respaldo del banco y sus ojos estaban fijos en el Sol que nacía en ese momento. Sin embargo, esos ojos una vez humanos ya no podían quemarse ni cegar porque ya estaban cegados. Esa figura nunca podría entender la belleza de aquel amanecer, su cerebro de plástico ya no funcionaba y nunca podría ya emocionarse. A pesar de ello, aquella triste figura estaba condenada a ver amanecer cada día del resto de la eternidad. Quizás un día dentro de millones de años pueda contemplar el último espectáculo del mundo cuando el Sol estalle y su vieja piel de plástico se derrita sobre el suelo de aquel falso parque artificial. Entretanto la Tierra entera parecía un inmenso museo de cera, o el enorme escaparate de un tienda, o uno de esos falsos pueblos preparados en los desiertos para pruebas con bombas atómicas. Ahora la Tierra entera era una eterna fotografía inmóvil, un estático desfile de maniquíes viviendo sin vida un eterno instante para siempre, aquí, en este mundo donde ya nunca más los segundos serán bellas especies fugaces en peligro de extinción.
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