“¿Qué haces aquí? ¿No sabes que los niños no pueden jugar aquí?” dijo el muchacho a la niña que acababa de llegar con un tono enojado en su voz mientras se balanceaba lentamente en el columpio. “Pero, tú eres un niño y estás jugando” respondió la niña. “Eres muy joven, es peligroso estar aquí” argumentó el niño mientras frenaba el columpio con sus pies dibujando un par de surcos en la arena del suelo. “Está bien, tú me defenderás” dijo la niña mientras reía animosa. La música de la risa de la niña lejos de enojar más al muchacho solo consiguió alegrarle, y aún sentado en el columpio dijo a la joven “está bien, ¿te has montado alguna vez en un columpio?”. La niña lo miró fijamente y con decisión asintió con su cabeza. “Aquí no tienes por qué mentir, ya te he dicho que este es un lugar peligroso, parece simplemente un parque pero no lo es en absoluto, tienes que confiar siempre en mí y no te pasará nada malo, ahora dime la verdad” dijo el niño escrutando el rostro de la muchacha, ésta entonces negó lentamente con su cabeza. “Está bien, yo te ayudaré” dijo con decisión el niño levantándose del asiento metálico. La niña ocupó su lugar en el columpio y el niño comenzó a empujar suavemente la silla, “tienes que agarrate fuertemente porque si te caes te puedes hacer daño” aconsejó el niño. El niño poco a poco fue incrementando la fuerza en cada empujón, “cuando subas tienes que estirar las piernas para coger más impulso” dijo el niño y entonces empujó con todas sus fuerzas el columpio. La niña comenzó a reír enloquecida mientras su pelo largo y negro se agitaba en el viento. “Cuando desaparezca el suelo no te asustes, yo estaré aquí mismo aunque no puedas verme” gritó en cierto momento el niño. “De acuerdo” gritó a su vez la muchacha. Y en ese momento el suelo bajo sus pies se desvaneció y donde un instante antes solo había arena y graba se abrió un enorme acantilado. Enormes rocas eran melladas y afiladas por los salvajes golpes de la embravecida porción de mar que luchaba por abrirse más hueco a través del acantilado. La niña sentía en su cara en Sol y la salada caricia de la brisa marina, las gaviotas garabateaban sobre su cabeza invisibles dibujos con sus alas en el inmenso cielo azul. “¿Tienes miedo?” escuchó la niña como le decía detrás de ella la voz del muchacho. “No, no quiero que acabe nunca” gritó la niña.
La niña regresó al día siguiente al parque abandonado. Anduvo con paso errante a través de los descuidados jardines del parque que casi parecía un campo silvestre en la pradera. Buscó a su nuevo amigo en todos los lugares pero no lo encontró. Cabizbaja y apenada se sentó en el metálico asiento del columpio y mirando fijamente a la arena del suelo dejó mecer su cuerpo lentamente. El chirrido continuo de las cadenas acompasaba la tediosa melodía de la brisa que silbaba incansable. “Estoy aquí, ¿no puedes oírme?” escuchó detrás suyo de improviso, la niña volvió su cabeza más no encontró propietario alguno para aquella frase pronunciada. “Puedo oírte, pero no puedo verte” dijo casi en silencio la joven confundida por el hecho de estar hablando sola. “Eso es porque no te has fijado bien, solo me has buscado con tus ojos” susurró de nuevo decir a la voz, esta vez la niña sintió la voz posarse sobre su oreja izquierda, incluso sintió su aliento acariciar suavemente su cabello. La niña cerró sus ojos lentamente y esperó unos segundos, sonrió cuando sintió que las nubes se abrían dando paso a la cálida luz del sol que escapaba de entre su pálido escondite en los cielos. “¿Vas a estar toda la tarde ahí sin hacer nada?” escuchó que decía la voz de su nuevo joven amigo en la lejanía. Los ojos de la niña se abrieron lentamente y bajo las lánguidas hojas del sauce pudo contemplar la silueta del joven apoyado contra la rugosa madera del viejo árbol. La niña se levantó del columpio y con paso rápido y decidido se encaminó hacia donde estaba el joven. “Creía que no ibas a venir” susurró la niña con voz tímida. “¿Qué dices? He estado aquí en todo momento” respondió el niño con una expresión de confusión en su rostro “tú eres la que acaba de llegar”. “Me gusta este árbol” dijo la niña de improviso después de un corto silencio durante el cual estuvo observando el viejo sauce. “Es un sauce, a mí no me gusta” dijo con decisión el joven. “¿Por qué no te gusta el sauce? Sus hojas son preciosas y sus ramas son enormes, casi tocan el suelo” se sorprendió la niña tras la afirmación del joven. “No son ramas, tonta. Son lágrimas. Lágrimas de árbol” se defendió el niño “este árbol lleva años llorando continuamente, apenas soporto ya su llanto”. “Y, ¿por qué llora?” preguntó con preocupación la niña. “Nadie lo sabe, lleva llorando tantos años que ni él mismo sabe por qué está tan triste, sólo continúa haciéndolo porque es lo que siempre ha hecho” respondió el niño mientras tocaba suavemente con la palma de su mano la corteza del viejo sauce casi como si quisiera acariciarlo. “Quizás llora porque está solo, es el único árbol que hay en el parque” dijo la niña con angustia en sus palabras. “Lo dudo, nunca ha visto a otro árbol, no es que antes viviera en un bosque o algo así, él nació aquí, así que no tiene por qué echar de menos a otros árboles” argumentó el niño. “Entonces, ¿por qué llora?” preguntó de nuevo la niña. “Ya te he dicho que nadie lo sabe, ni siquiera él” repitió el niño como si se estuviera desesperando por momentos. Finalmente cogió la mano de la niña por su muñeca y suspirando hizo que la niña posara la palma de su mano sobre la madera del sauce. “Preguntale tú misma si crees que puedes solucionarlo, pero te aseguro que no vas a conseguir nada” dijo el niño con voz indolente. La niña sintió como la dura corteza del árbol bajo su mano casi vibraba, sintió que algo fluía en el interior de aquel rugoso caparazón, como si en verdad aquel sauce fuera una enorme tubería a través de cuyo interior hubiera una continua corriente de agua. “Concéntrate, escucha en su interior” susurró el niño y la muchacha cerró sus ojos. Pronto comenzó a escuchar el eco de una lejana corriente de agua fluir, como si de una distante catarata se tratara. “Escucho el agua” susurró la joven. “Estás escuchando el agua que ha absorbido el sauce durante años de la tierra, el recuerdo del agua es eterno, cuando este árbol solo era una planta el recuerdo del agua solo era unas cuantas gotas, sonaba parecido a como cuando gotea el agua de un grifo cuando está mal cerrado, pero ahora que el sauce es viejo el recuerdo del agua es una descomunal cascada; ahora, presta más atención” susurró el niño. La niña se concentró aún más en el lejano eco de la catarata y pronto pudo distinguir un extraño llanto entre la monotonía hipnótica de la cascada que quebraba continuamente cada una de sus gotas de agua contra las rocas de madera del interior del sauce. De pronto la niña se dio cuenta de que el llanto realmente era una triste melodía que parecía provenir de una flauta. “¿Es una flauta lo que escucho?” preguntó la niña. “Claro que no, es el llanto del árbol, te parece una flauta porque muchas flautas están hechas de madera, cuando los árboles lloran parece la melodía de una flauta porque los árboles también están hechos de madera. Es una curiosa coincidencia, ¿verdad?” respondió casi con enfado el muchacho. “Es una flauta, sé que es una flauta” respondió a su vez también con enfado la niña y entonces abrió los ojos vehementemente decidida a discutir con su joven amigo. Sin embargo, cuando la niña abrió sus ojos quedó enmudecida por completo. Las lánguidas ramas del sauce habían desaparecido, en vez de ellas un enorme manto líquido se extendía por encima de sus cabezas, como si fuera una enorme cascada que fluyera lentamente y que nunca cayera contra el suelo. Casi podía distinguirse cada gota de agua surgiendo desde el interior del sauce y describiendo una infinita parábola a través de aquella misteriosa corriente que nunca precipitaba y que levitaba desobedeciendo las leyes de la física. La luz del sol penetraba en el interior de aquel increíble ramaje acuático y transparente y se filtraba a través de él siendo devuelto en infinitos y diminutos arcos iris que brillaban durante leves instantes como pequeñas estrellas fugaces. “Es precioso” susurró la niña que continuamente miraba la copa del viejo sauce. “No, no lo es” respondió el niño lamentándose “solo es la tristeza del sauce”.
Los dos niños se sentaron en la hierba del parque abandonado, ya era tarde y descansaban después de una tarde interminable de juegos y aventuras. El niño miró fijamente a los ojos de la joven, la niña sintió que su joven amigo tenía algo importante que decirle. “Hace mucho tiempo los padres traían a este parque a sus hijos para que jugaran y se divirtieran” susurró el niño “pero pronto dejaron de hacerlo porque este lugar no es lo que parece. Las personas no son conscientes del todo de ello, sin embargo, de una forma u otra acaban sabiendo que algo está mal en este sitio, así que todos acaban marchándose”. “Es un lugar muy bonito, no sé por qué la gente no quiere estar aquí” se dijo la muchacha. “Sus ojos ven un parque, un lugar donde jugar y disfrutar, sin embargo, su mente y su cerebro, también lo que los científicos llaman subconsciente, solo pueden ver una especie de casa embrujada o una especie de cementerio oscuro y misterioso” respondió el niño. “Solo es un parque normal, solitario y abandonado, pero un parque en definitiva” se defendió la niña. “¿Y qué ocurre con todas las cosas extrañas que has visto hasta ahora? ¿Cómo las explicas?” preguntó intrigado el niño. “Son nuestros juegos, esas cosas las hemos imaginado, están en nuestras mentes” dijo la niña en voz alta como si quisiera hacer entrar en razón al joven. El niño sonrió divertido y después preguntó “¿Y si no es así? ¿Y si no has imaginado nada de esto? ¿Y si todo es real?”. La muchacha negó con la cabeza, “entonces si no lo he imaginado, todas esas cosas maravillosas que he visto es como me haces sentir tú, pero tampoco es real”. El rostro del niño se ensombreció entonces y quedó completamente enmudecido. “¿Qué ocurre? ¿Te encuentras bien?” preguntó la niña. “Sí, no ocurre nada” respondió el joven y la niña vislumbró en la expresión de su rostro que el muchacho mentía. “¿Qué es? Me lo puedes contar, confía en mí” susurró la niña sujetando las manos del joven. “La gente también dejó de venir a este parque porque un niño murió aquí hace tiempo” respondió el muchacho. Los jóvenes quedaron en silencio durante varios minutos. “Tendré que irme cuando acabe el verano” dijo de pronto la niña. El niño continuó en silencio y su mirada se entristeció. “Pero no tienes por qué preocuparte, volveré el próximo verano, de hecho volveré todos los veranos” dijo sonriendo la niña. “¿Lo prometes?” preguntó el niño con preocupación. “Lo prometo” respondió la niña.
Al año siguiente, al comenzar el verano, la niña regresó al parque abandonado. La muchacha buscó a su amigo y finalmente él apareció tras el tronco del viejo sauce, entre las hojas que casi tocaban el suelo unidas a sus lánguidas ramas que parecían estar fabricadas de plástico elástico. La niña corrió sonriente hacia él. “Te he echado de menos” dijo sonriente la muchacha. “Yo también” dijo a su vez el niño “tenía miedo de que nunca más volviera a verte”. “Eso nunca ocurrirá, volveré siempre, todos los veranos” dijo con firmeza la joven. Sus risas invadían por completo el silencio habitual del parque durante sus juegos, en ocasiones cantaban juntos canciones que la muchacha había aprendido durante el curso en el colegio, en ocasiones corrían como locos descalzos a través del descuidado jardín para sentir el frescor de la salvaje hierba bajo sus pies, en ocasiones se tumbaban en el suelo boca arriba para contemplar las nubes y descubrir dibujos ocultos en sus formas, en ocasiones intentaban animar al viejo árbol corriendo alrededor de él tomados de la mano. La muchacha se sentía dichosa en aquel lugar, se había convertido en su más preciado refugio y aquel misterioso niño en el mejor de sus compañeros, en el mejor de sus amigos. Más de una vez, la joven pensó en que ni siquiera sabía cuál era el nombre de aquel niño, sin embargo, ella tampoco le había dicho nunca el suyo a él, así que nunca se lo preguntó, era como si ni siquiera los nombres fueran importantes en este lugar apartado de la realidad. Solo existían dos personas en el Paraíso, en aquel Edén privado no eran necesarios los nombres.
Una tarde la muchacha regresó al parque abandonado. Pudo observar que el niño estaba cerca del estanque observando fijamente las turbias aguas que inundaban su interior. La niña se acercó al joven y aún estando a tan sólo unos centímetros de él, éste pareció aún no percatarse de su presencia. “¿Qué haces?” susurró la muchacha suavemente como si no quisiera asustarle. “¿No te has preguntado qué hay bajo estas negras aguas? Hace mucho tiempo hubo incluso peces de colores cuando las aguas eran cristalinas, ahora solo lodo y fango, solo agua oscura” susurró a su vez el muchacho. “Me entristece que esté tan descuidado el estanque” confesó la muchacha. “De todas formas se lo merece” dijo el niño tajante. “¿Por qué dices eso?” preguntó la muchacha dolida. “Aquí fue donde murió un niño hace tiempo, se ahogó en el estanque, era un niño muy pequeño, escuchó como los peces chapoteaban en el agua y con curiosidad de alguna forma logró trepar al borde del estanque, se encaramó demasiado y se cayó dentro. Nadie escuchó nada” dijo sombrío el niño. La muchacha miró al joven fijamente. “Dime la verdad, por favor, prometo no tener miedo” susurró la niña “¿Estás muerto? ¿Eres un fantasma?”. “Claro que no, los fantasmas no existen” respondió el niño mofándose de la muchacha “¿acaso has pensado que yo sería tan estúpido como para ahogarme en un estanque?”. “Entonces, estás en mi cabeza” afirmó contundente la niña. “No, no soy producto de tu imaginación, no soy tu amigo invisible” respondió él tajante “antes era científico, hace mucho tiempo, pero eso no importa ya, mi situación actual no tiene nada que ver con mi antiguo trabajo, no hacía experimentos para el gobierno ni nada por el estilo, solo me dedicaba a enseñar física en la universidad”. La niña le contempló con extrañeza en su mirada. “También fui pirata” añadió el joven con rostro sombrío “pero no estoy muy satisfecho con esa faceta de mi vida, para que mi tripulación no se amotinara tuve que dar ejemplo muchas veces y muchos hombres acabaron decapitados, o murieron de hambre encadenados en la bodega de carga”. La niña le miró con horror y de pronto él comenzó a reír, “de verdad, sus agonizantes alaridos se escuchaban en la cubierta día y noche” acertó a decir mientras las carcajadas deformaban su joven rostro. La niña comenzó a reír también y golpeó suavemente el brazo del niño.
La tarde se deslizó lenta a través de los segundos, a través de los minutos, a través de las horas. El Sol casi había recorrido todo su camino en su carro de fuego, casi había logrado alcanzar las montañas del oeste y en el horizonte parecía enorme y enrojecido casi como si fuera a estallar de un momento a otro. La silueta de los dos jóvenes era acariciada por los últimos destellos dorados de la Estrella, mientras la brisa del atardecer refrescaba los poros de su piel castigada por las largas jornadas estivales de juego y diversión. “Este fue el lugar donde enterramos el tesoro” dijo el niño mientras señalaba un lugar del jardín del parque abandonado. “Pensaba que cuando dijiste que fuiste un pirata estabas bromeando” dijo la niña. El muchacho no respondió, tan sólo se arrodilló en el césped cuya hierba larga y descuidada era agitada vehementemente por el viento. “En esta parte del jardín hay flores a causa de los cadáveres que enterramos junto con el tesoro” susurró el joven señalando un grupo de margaritas tan blancas como huesos limpios que se amontonaba en el jardín. La niña se arrodilló junto a el joven. “A veces era costumbre asesinar y enterrar piratas junto con los tesoros, para que las almas impías y descarriadas de éstos protegieran las riquezas” murmuró el niño. El muchacho tomó la mano de la niña por su muñeca con delicadeza, “abre la mano y cierra los ojos” ordenó él pero con una voz suave. La niña obedeció. El joven dirigió lentamente la palma de la mano de la niña sobre la hierba, a escasos centímetros de ésta. “¿Puedes sentirlos? ¿Puedes escucharlos?” preguntó el muchacho. Poco a poco, como un recuerdo remoto, la niña comenzó a escuchar el cántico de lejanas voces. Las distantes voces eran graves y rotas, la melodía de un violín desafinado las acompañaba, pronto el sonido de un acordeón se sumó a la melodía del violín y después el entrechocar de jarras de barro llenas de cerveza y el ruido de ebrias carcajadas también se hizo patente. “Puedo escucharlos” susurró la niña “¿son ellos? ¿Los piratas muertos?”. “No, solo su recuerdos” murmuró el joven “ya te dije que los fantasmas no existen. Aquí, bajo esta tierra están enterrados un sin fin de recuerdos, los cadáveres se pudren en el barro y se descomponen, y finalmente casi nada queda de ellos, en ocasiones sólo un montón de flores. Sin embargo, la tierra puede absorber los recuerdos de sus almas, y al igual que las plantas ascienden brotando de su interior, lo mismo sucede con ellos”.
Habían transcurrido tres veranos desde la primera vez que se encontraron los dos jóvenes. Aquella tarde el calor era capaz de derretir las vías del tren que a unos cien metros del parque tras una valla metálica recorría de norte a sur el paisaje. La niña llegó tarde al parque abandonado, el joven la esperaba ansioso desde hacía horas bajo la sombra del viejo sauce. “¿Dónde estabas?” preguntó el joven a la muchacha. “He tenido que acompañar a mi madre a un banquete” respondió la muchacha. “¿Por qué has ido?” preguntó el niño. “Porque mi madre me dijo que ya tenía edad suficiente para acudir a reuniones sociales” respondió ésta. El niño comenzó a reír sin poder parar de hacerlo, la muchacha al principio quedó en silencio mirándole fijamente como si éste hubiera enloquecido, sin embargo acabó riendo ella también contagiada por el humor del niño. “¿Qué se suponen que son las reuniones sociales?” preguntó finalmente el joven. “No lo sé, la gente se reúne en un lugar acordado y cada familia lleva algo de comida y todos la comparten” respondió aún divertida la muchacha “me he tenido que poner este vestido” añadió mientras mostraba su vestido a su joven amigo dando una grácil vuelta sobre sí misma. “Es muy bonito, estás muy guapa” susurró el niño ruborizándose levemente. En ese momento la muchacha se quedó mirando fijamente al niño, éste al ver que la joven estaba tan callada y que no reaccionaba le preguntó “¿qué ocurre?”. “Tú nunca te haces mayor, incluso vistes como el primer año en que te vi” acertó a decir finalmente la muchacha. “Aquí las cosas nunca cambian, son eternas, en este parque todo está condenado a ser siempre igual” respondió el niño. “Eso no suena mal del todo” respondió la muchacha sonriendo. Tras un largo silencio por primera vez incómodo la niña finalmente preguntó “¿qué vamos a hacer hoy?”. Los ojos del niño miraron a la muchacha con incredulidad. “No lo sé, nunca antes me habías preguntado algo así” respondió el niño “las cosas suelen surgir, antes ocurría así, nunca hubo nada planeado”. De nuevo un amargo e incómodo silencio surgió entre los dos amigos como una indómita bestia invisible que se interponía entre ellos. Finalmente la niña dijo “será mejor que regrese a casa hoy temprano, no quiero que mi madre se preocupe por el vestido, le prometí que no lo ensuciaría de hierba o de tierra”. El niño asintió y se quedó inmóvil contemplando como la muchacha abandonaba lentamente el parque y poco a poco se perdía en la lejanía.
“Siento que este verano acabe así” dijo la muchacha después de una larga y acalorada discusión con el niño “no quería discutir contigo”. “Yo tampoco quería” dijo a su vez el joven. “Seguramente ahora me odiarás” susurró temerosa la muchacha. “Nunca podría” aseguró el niño. Los muchachos pronto olvidaron su discusión y mucho antes siquiera acerca de lo que discutían. “Es extraño, no sé por qué, pero este es el verano que más rápido se me ha pasado desde que te conozco” dijo la muchacha. “Es normal, cuando creces el tiempo cada vez parece que pasa más rápido, para mí este verano ha sido como todos los años” dijo el niño. “Hoy es el último día de verano, mañana me tendré que ir, ¿por qué hemos pasado nuestro último día juntos discutiendo?” preguntó la muchacha sintiendo grandes remordimientos. “No lo sé, yo ni siquiera quería discutir, sólo quería jugar contigo, como antes hacíamos” respondió el niño. “Creo que últimamente estoy enloqueciendo por momentos, estoy continuamente malhumorada y estoy casi siempre quejándome por todo” confesó apenada la joven. “Te estás haciendo mayor, es normal que experimentes esas cosas” dijo el niño. “Creo que hoy estaba enfadada por tener que irme como todos los años, y sin quererlo he acabado discutiendo con la única persona en el mundo con la que no quería discutir” confesó la joven. Los jóvenes amigos se miraron fijamente entonces y la muchacha sintió como si un gran dolor se apoderara de su garganta. “¿Sabes? Dentro de ti hay parte de una estrella” dijo el niño y comenzó a sonreír. El canto de los pájaros en el abandonado parque caía del cielo como la tibia lluvia en verano. “No seas tan cursi” respondió la joven mientras sus mejillas se enrojecían lentamente. La muchacha ya comenzaba a dejar de ser una niña y poco a poco se transformaba en una mujer, así se mostraba a los ojos del niño. “No es por eso, tonta” se defendió el niño a su vez “lo digo literalmente, ¿no recuerdas que te dije que yo en otra vida fui científico? La probabilidad de que uno de los átomos de tu cuerpo formara parte en algún momento de la historia del universo de la masa de una estrella es elevada”. Ambos quedaron en silencio mirándose fijamente a los ojos, el Sol poco a poco enrojecía apagándose tras occidente y las nubes eran deshilachadas en leves jirones anaranjados por el suave susurro del viento. “¿Te volveré a ver el año que viene?” preguntó la muchacha con timidez mientras agachaba su cabeza, contemplando la descuidada hierba del jardín bajo sus pies descalzos, las verdes hebras asomando entre sus dedos, la tierra húmeda y cálida a la par bajo el manto esmeralda. “Claro que sí, el verano que viene estaré aquí mismo, esperándote” respondió el niño, “además, tú eres la que se marcha, sabes que yo me tengo que quedar, si tú regresas yo aquí estaré” añadió después para alejar la tristeza del rostro de la muchacha. “No sé si el año que viene podré encontrarte, quizás el próximo verano sea ya tarde para mí” dijo la muchacha que sintió como el llanto se agolpaba en su garganta. “El atardecer está aquí y el Sol nos abandona, se acaba el tiempo, el verano está terminando” dijo el niño mientras el mundo entero ennegrecía lentamente. “Nunca te olvidaré” susurró la muchacha y el niño se apuró en responder que no dijera esas cosas, que sonaban a despedida. “Lo siento, nunca te olvidaré” susurró de nuevo la muchacha mientras el cuerpo del niño poco a poco se desvanecía desintegrándose entre los últimos rayos de luz del Sol estival. El muchacho trató de decir que no llorara, que no fuera tonta, que fuera valiente, que la quería y que siempre lo haría, pero su boca y sus labios ya se habían disipado en el aire. La muchacha contempló como el niño lentamente desaparecía desdibujando su silueta entre las crecientes sombras del parque, disipándose como un reflejo en las aguas de un lago mientras son agitadas. Cuando la noche llegó, él se había ido por completo, como se había marchado año tras año al finalizar el verano durante la corta vida de la joven, en aquel parque abandonado donde la hierba crecía enloquecida bajo las lánguidas hojas del sauce centenario, donde el columpio chirriaba mecido por el viento mientras su desconchada pintura caía poco a poco en finas escamas de color azul, donde el agua del estanque era turbia y a la vez brillaba en dorados destellos cuando la luz la acariciaba. Sola en el parque no pudo evitar echarse a llorar. En ese mismo momento fue consciente de que por primera vez en todos los años de su vida cuando llegaba ese momento al final del verano era la primera vez que lloraba. Otros años tan sólo había confiado en las palabras del muchacho y había regresado a su casa riendo feliz sabiendo que al siguiente verano él volvería a estar allí, en el parque abandonado, como todos los años había estado. Pero este año era distinto, algo había cambiado en ese lugar que parecía no cambiar nunca. Ese parque abandonado que parecía ser como una eterna fotografía donde ningún niño jugaba ya nunca, donde nadie se acercaba ya, algo era diferente. Rápidamente lo supo, la única cosa diferente era ella, ella era el único elemento no constante en ese universo estático. “Lloras porque ya no eres una niña” le susurró rápidamente su mente “lloras porque has crecido, lloras en silencio como los adultos. Tienes miedo a perderle, solo los adultos tienen miedo a perder las cosas, por eso mismo lo has perdido para siempre”. Y la muchacha se encaminó con paso ligero a su casa, y por primera vez en su vida sintió miedo al caminar sola a través del viejo parque abandonado por la noche.
Una mujer camina lentamente por el parque abandonado, casi ha anochecido, casi el verano ha terminado, ella siente que el tiempo se le agota. El viejo sauce acoge la presencia de su cuerpo débil con sus lánguidas hojas, acariciando su cabello con la punta de sus ramas. La tos hierve en su garganta y la obliga a detener su paso, a doblarse en sus rodillas. Su pañuelo blanco se tiñe de sangre. “¿Cuánto tiempo ha pasado?” pregunta la voz de un niño tras ella. “Casi cuarenta años” responde la mujer. “Siempre supe que volverías” dice el niño mientras sonríe “¿dónde has estado todo este tiempo?”. “He estado fuera, he vivido una vida completa y plena, pero ahora estoy muy enferma, antes de morir quería verte una vez más” responde la mujer mientras sonríe al joven niño vestido con su vieja ropa de siempre. “¿Quieres quedarte conmigo a jugar en el parque, como antes solíamos hacer?” pregunta el niño. “Nada me gustaría más en este mundo” responde la mujer aún sonriendo. “Ahora me acabas de recordar a la niña que una vez se fue de aquí, vamos, el tiempo apremia, está a punto de anochecer” dice el niño mientras tiende su mano. La niña sujeta la mano del muchacho fuertemente y junto a él comienzan a correr a través del parque abandonado, mientras sus dos cuerpos se van desvaneciendo en el aire sus risas invaden el atardecer. El cuerpo de la mujer acostado en el suelo finalmente deja de moverse, deja de respirar, deja de luchar, y bajo el viejo sauce permanece posada sobre un charco blanquecino formado por una veintena de margaritas pálidas como los huesos limpios.
No hay comentarios:
Publicar un comentario