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jueves, 14 de febrero de 2013

Hogar

Siempre recordaré al viejo. Siempre recorriendo la casa cojeando lentamente, arrastrando su cáncer en una sinfonía desafinada de toses húmedas y chorreantes mientras la ceniza de su pitillo con el filtro casi fusionado a su labio inferior caía ya fría sobre sus canosas y descuidadas barbas. El pelo de su bigote y alrededor de su mentón había enamarillecido por el humo del tabaco, las uñas de sus manos siempre largas y descuidadas parecían barro, y sus yemas y dorso de sus dedos hacía décadas eran ocres. Cuando se cansaba de vagar por la vieja casa y hacer crujir la madera bajo sus pies acostumbraba a sentarse en la mecedora del porche mientras contemplaba los campos de día y las estrellas de noche. Yo acostumbraba a observarle desde el pequeño ventanuco de la cocina desde que era prácticamente un niño, en ocasiones el viejo se dormía en la mecedora y su sueño era tan profundo que yo pensaba que había muerto. En ocasiones despertaba de improviso envuelto en pesadillas, se revolvía en la vieja mecedora y finalmente mirando sombríamente a su alrededor como si buscara algún demonio evadido de sus malos sueños en la realidad volvía a recostarse poco a poco para continuar su silencioso dormir. El viejo cuando se cruzaba conmigo en el pasillo me susurraba “Joven ¿acaso aún no los oyes reptar en las paredes? ¿No escuchas sus susurros? Pronto los escucharás”. Yo, desde niño, dominado por una fuerte pero a la par serena curiosidad me sentaba en ocasiones en el pasillo y con mi oreja pegada a la fría madera de la pared pasaba horas con los ojos cerrados. Imitaba en una especie de juego a los indios de las películas que cuando para oír la llegada de los caballos del hombre blanco llevaban sus oídos al suelo y predecían su llegada. Intentaba concentrarme imaginando que mi cabeza se fusionaba con la madera como si las astillas fueran parte de mi piel, visualizaba en mi mente la negrura del interior de aquel muro, casi podía sentir sus moléculas pesadas y polvorientas vibrando cerca de mi tímpano, trataba de descubrir lo que fuera que tuviera que decir aquella maldita pared. Frecuentemente acababa durmiéndome sentado en mitad del pasillo con la cabeza apoyada sobre la pared hasta que los primeros rayos de sol entraban por la ventana y con su calor en mi rostro me despertaban. Cuando el viejo escupía sangre me lanzaba enfurecidas miradas que me hacían pensar que al anciano le debía un pulmón. El sótano, hacía siglos que había sido descuidado ya que el viejo apenas tenía fuerzas ya para hacer mantenimientos, hace años que se había inundado y el agua continuaba allí, tras tanto tiempo transcurrido ya era una charca y básicamente apestaba a charca. En ocasiones yo me sentaba en las escaleras del sótano justo en el escalón donde el nivel del agua se detenía y durante horas contemplaba la negra inundación, imaginaba que estaba en el pequeño muelle de una laguna o un pantano, en ocasiones curiosas burbujas efímeras y nerviosas acudían a la superficie y estallaban rápidamente como el bullir del agua en una olla, solía imaginar que era la anfibia respiración de extraños y pequeños seres similares a duendes con aspecto de salamandras rojas. Los pájaros anidaban a sus anchas en el desván y el ácido de su guano había corroído toda la pintura. Por la noche una cercana jauría de lobos o de perros abandonados dominaban los campos con sus interminables aullidos y yo le rezaba a Dios para que los granjeros no hubieran olvidado por descuido la puerta de algún corral o establo abierto y que ellos poseídos por el demonio del hambre no devoraran viva a ninguna cría de algún animal. A veces soñaba con pequeños lechones gritando desamparados en la oscuridad mientras afilados dientes rasgaban su piel y sus enrojecidos músculos. En mi infancia adoraba meter mi mano en los enormes agujeros de los hormigueros y sentir un millar de pequeñas patitas hacerme cosquillas. Cuando encontraba un pájaro o un gato muerto en el campo lo tocaba cuidadosamente con una rama y finalmente cuando decidía que estaba bien lejos de este mundo hacía un pequeño hoyo con mis manos y lo enterraba. Cuando cogía las herramientas del viejo sin su permiso para jugar a oficios de hombre adulto y me descubría, el anciano me vareaba con su bastón y me gritaba que era un ladrón de mierda y que mis costillas sufrirían por mi mala acción. Recuerdo el olor de la cocina cuando pelaba los pollos sentado en una silla y tiraba las tiras de plumas con restos de piel dentro una bolsa de plástico.
Encontré un día el cadáver ya frío del anciano tirado en mitad del salón una mañana. Yo solo contaba con diez años. Me arrodillé junto a él y simplemente toqué la piel de su brazo. En ese momento fui consciente de que no sentía nada por aquel ser humano, ni amor ni odio, sencillamente nada. Es extraño explicarlo, quizás mi infantil mente lo había asociado tanto a esa casa que sencillamente había incorporado su existencia a la misma, como si en vez de un ser humano normal solo se tratara de otro objeto de los que habitaban la casa, como una vieja lámpara que ahora se había roto o como una escultura que se había caído de su tarima y se había hecho añicos. No podía llorar por una vieja lámpara o por una estúpida escultura.



Habiendo transcurrido casi veinte años desde la muerte del viejo y tras un eterno peregrinaje de orfanatos y de casas de acogida, y posteriormente de diversos trabajos y empresas, finalmente decidí regresar a la vieja casa donde una vez me crié y quizás dedicar mi vida a la labor del campo que circundaba la propiedad. La casa había cambiado mucho. Tras vivir en ella casi dos meses ciertamente llegué a pensar que la casa tenía vida. No sólo me refiero a que cuando aproximaba las palmas de mis manos a esas paredes húmedas tras el viejo papel adhesivo que las cubría las sentía cálidas y pegajosas, como deben ser las entrañas de un animal. No sólo me refiero a esa extraña vibración remota que se siente en las sienes y en el filo de los dientes que va más allá de un mal cableado eléctrico o de la acción de las termitas en el interior de las maderas de las paredes. Llegué a considerar que la casa realmente estaba viva o que algo vivía en su interior, deslizándose desde sus cimientos hasta la última de sus tejas. Poco a poco fui siendo consciente de que esa sensación que fluía a través de las paredes, esa sensación que conmocionaba hasta los dientes de mi boca no era vida sino muerte. Claro que ese era el concepto humano más parecido que podía darle, porque esa casa no estaba viva y por ello, nunca podría morir. Nada que no haya vivido puede morir. Porque nada que no haya nacido o brotado de la tierra puede vivir. Quizás otro concepto en nuestro humano lenguaje sea el de la nada, pero tampoco es acertado, porque cuando en un lugar existe algo no sería correcto decir que no haya nada.
En ocasiones pienso en esa casa cuando no era nada, cuando no era un objeto único y unificado; o mejor dicho, varios objetos unificados para formar un concepto único, la casa. Pienso en esos objetos cuando no eran parte de ese concepto humano, casa. Pienso en un árbol emergido de la Tierra hace trescientos años y que luego fue talado, mutilado de su madre tierra para ser desollado y troceado para formar parte de un concepto tan elevado como puede ser “hogar”. Sí, en ocasiones pienso en el sacrificio de ese árbol como parte de un ritual ancestral. Sin embargo, ese árbol, y otros tantos como él no estaban destinados a honrar a un concepto tan bello y decididamente humano o humanista como “hogar”, tan sólo a otro más vulgar y básico como “casa”. Cuantas veces me he sentado en el suelo del salón mirando al alto techo y he pensado en cada material y objeto y en si ellos estaban destinados de alguna forma a pertenecer a este concepto. Un cuadro pintado por alguien hace cincuenta años, ¿sabría ese pintor que su cuadro acabaría en un lugar como éste? El cuadro es realmente horrible, quizás lo hizo para que acabara precisamente en un lugar así. Quizás ese pintor odió a su pobre obra del mismo modo en el que algunos padres acaban odiando a sus hijos y la condenó a estar aquí. No, no puede ser, ningún padre odiaría así a su hijo.
Como solía hacer de niño, cierto día bajé de nuevo al sótano y recordando viejos tiempos me senté en el último escalón, justo en el linde del nivel del agua negra y embarrada. Esperé cerca de dos horas pacientemente esperando a que los duendes anfibios necesitaran respirar y finalmente comenzaron a surgir las burbujas. Sin embargo, las burbujas en esta ocasión no eran tenues y efímeras como las estrellas fugaces en cielo nocturno, no, parecían las burbujas que produce un buzo bajo el agua al emerger. Pronto una espuma embarrada comenzó a sumarse al festival de enormes y alocadas burbujas. Algo parecía necesitar emerger de la profundidad de la charca de mi sótano, me pregunté a mí mismo asustado si realmente mi pequeño pantano estaba habitado por seres fantásticos y precisamente hoy, el más grande y monstruoso de ellos tras tantos años había decidido emerger. Ante mi incrédula sonrisa de las aguas de la charca surgió una horrible maleta estampada en avanzado estado de descomposición. La maleta flotaba con dificultad entre la embarrada espuma. Cuando amenazó con volverse a hundir rápido me apresuré a buscar el palo de una escoba para alcanzarla. No fue complicado rescatar la maleta de las aguas, el objeto había emergido lo suficientemente cerca del metafórico muelle que suponían los escalones de sótano. Sentí una enorme sensación de repulsión al tocar el húmedo material de la maleta, de cómo ciertas partes de la maleta al contacto con mis manos se desmenuzaban entre mis dedos como si fuera lodo. El contenido de la maleta me desconcertó por completo. La maleta estaba repleta de zapatos de mujer, todos de diversos tamaños y formas y colores, y curiosamente todos pertenecientes al pie derecho. Mis ojos se obsesionaron durante un eterno instante con un pequeño zapatito rojo, parecía una miniatura de un zapato de mujer adulta, como si hubiera pertenecido a una muñeca. Extrañado ante el sorprendente contenido de la maleta solo puede reaccionar devolviendo de nuevo la maleta a las aguas de mi sótano. La arrojé de nuevo a la charca con notable nerviosismo. La sensación que me embargó fue realmente angustiosa, era como si hubiera tenido entre mis manos un objeto maldito. No pude llegar a una conclusión lo suficientemente lógica o racional para explicar la existencia de aquella maleta y su extraño contenido mientras observaba como se hundía lentamente en las turbias aguas. Finalmente la última porción de maleta que sobresalía sobre las aguas fue engullida por el barro y el lodo y dejó tras de sí las acostumbradas burbujas efímeras que desde niño había observado. A esa maleta le había tomado más de veinte años emerger, seguramente estaba enterrada en el suelo del sótano antes de la inundación que creó mi pequeña laguna y el agua poco a poco removió y erosionó la tierra durante tantos años hasta que finalmente no pudo retenerla por más tiempo y la devolvió a la superficie.
Aquella misma noche sumido entre la confusión y el desasosiego rescaté otra de mis costumbres pretéritas de niño para buscar un poco de paz y armonía. Aún temblando mis piernas di a parar al suelo del pasillo en el piso de arriba y lentamente acerqué mi oído a la madera de la pared. Cerré mis ojos y pensé en la oscuridad del interior de aquel muro. Imaginé como hacía de joven que mi cabeza se fusionaba con la pared suave y lentamente y me concentré. Pronto, desmenuzando un complejo tejido de leves y vibrantes sonidos naturales logré acceder por primera vez en mi vida a lo que el viejo bautizó como “susurros”. Al principio fueron solamente algo distante y lejano, algo lejano y distante como el trote de los caballos del hombre blanco acercándose amenazante a la aldea india. Luego, el sonido se mostró claro y rotundo, tanto que no podía escuchar otra cosa. “Me está susurrando por fin” pensé “la casa al fin me está hablando después de tantos años”.



El día que la policía comenzó a sacar huesos de una tubería de la casa con una sonrisa incrédula en mi rostro comencé a creer por unos instantes que en estos dos meses había tenido razón. Que esa casa era realmente un organismo vivo, casi sentí deseos de parar a los agentes y decirles “¿qué hacen? Están deshuesando mi casa, eso le podría doler”. Pocos instantes después borré esa sonrisa de mi boca y realmente llegué a la conclusión de que los huesos decididamente no pertenecían a mi casa. Las casas no tienen huesos ni esqueleto, ni siquiera la mía. No, ni por asomo. Mientras los policías y los bomberos picaban en las paredes y arruinaban el viejo papel húmedo y viscoso, y luego por fin la fina capa de yeso y se abrían paso hacía las maderas de su interior poco a poco aquellos susurros que durante una noche por fin llegué a escuchar se hicieron más patentes, finalmente fue un continuo chirrío agónico que todos pudieron escuchar. Era aquella fina vibración que podía sentir en mis sienes y en el filo de mis dientes. Uno de los bomberos arrojó su pico al suelo y realizó un estúpido movimiento que le hizo caer al suelo de bruces, creo que intentaba de alguna forma escapar. Intentó escapar porque sus ojos habían transportado a su cerebro una imagen que éste no podía asumir, si la cabeza humana estuviera dotada de una pequeña puertecita, digamos por ejemplo en la nuca, el cerebro de ese hombre hubiera abandonado su cráneo por esa puertecita corriendo como un poseso y gritando “mierda, yo me voy, abandono este puto trabajo”. Pero esa pequeña puertecita en la nuca de los hombres no existe, y tu cerebro tembloroso y asustado no puede gritar y mucho menos aún correr escaleras abajo buscando el aire fresco del exterior. Así que, ese pobre bombero solo pudo tropezar y caer al suelo, arrojar todo su desayuno sobre sí mismo y palidecer por completo. Desde donde yo me encontraba no podía ver qué había descubierto en el interior de la pared ese bombero, sin embargo, un policía corrió hacia a mí y me miró como si fuera el anticristo, luego fui consciente de que su mano estaba apoyada sobre la culata de su arma con el seguro de su cartuchera abierto. Volví a mirar el rostro del bombero del suelo, no apuntaba a nada bueno. Cuando el cuerpo de una persona preparada para asumir con valor y decisión el riesgo y el peligro tiembla como una niña de cinco años perdida en el bosque por la noche, y cuando está tan pálido que asustaría a los propios fantasmas, o al menos los propios fantasmas que aparecen en las películas parecen más bronceados que él, considerando el hecho de que estaba llorando envuelto en un llanto casi inconsciente y visceral, como si el concepto mismo que tuviera de la humanidad se hubiera enturbiado hasta la franja de color más oscura, ciertamente no apuntaba a nada bueno.
El policía ordenó secamente “venga conmigo y no haga nada con sus manos, quiero verlas en todo momento”, yo pensé “este loco de mierda me rellena de plomo y su amigo el bombero impresionable me vacía antes con su pico”. El policía me empujó levemente como si fuera un caballo y él un vaquero y yo caminé en dirección hacia el bombero. Cada paso que daba sentía más presente esa vibración remota y claramente poco a poco era una especie de zumbido en mis oídos, casi como un eterno susurro de mi subconsciente, como un pensamiento que no debía aflorar porque fue enterrado en las profundidades de mis circunvoluciones cerebrales y en cada micro molécula de mi ADN hace miles de años. El instinto es más patente aún que ese recuerdo, el recuerdo de cuando ninguno de nosotros podría ser considerado ser humano, el prehistórico recuerdo de algo prehistórico y por ello no escrito. ¿Acaso puede escribirse la maldad primigenia? ¿Acaso puede comprenderse la brutalidad propia de unos animales tristes, solos y confundidos que aspiraron a ser humanos después de miles de años de evolución? Algo de muy adentro afloró, ese recuerdo casi extinto también afloró en el cerebro del bombero en un sólo instante y lo abatió por completo. Casi pude escuchar esas voces que aún no sabían como ser convertidas en palabras. Quizás identifiqué esos susurros de la pared con las lejanas voces que clamaban a gritos desde otro tiempo, desde las más aterradoras profundidades de esa zona del cerebro que los científicos llaman cerebro primitivo. Un bombero comentó en alto mientras yo pasaba seguido del policía que me custodiaba “¿Cuántos puede haber tan sólo en esta pared? ¿Una docena? Jesús, esa calavera es muy pequeña, tiene que ser de un niño o una niña muy joven, casi un bebé”, en ese instante el rojo y pequeño zapatito derecho acudió a mi mente. Miré al agujero de la pared y descubrí que los susurros eran producidos por un muro de insectos y gusanos que reptaban y se revolvían entre un montón indefinido de huesos humanos. Fui consciente de que estaba en un gran problema, no suele ocurrir que un día cualquiera descubres ser propietario de una casa que está rellena por completo de cadáveres.
Salimos por la puerta yo y el policía detrás mío con su mano aún apoyada en la culata de su pistola, seguro estaba de que años de experiencia y un severo sentido de la justicia le separaban de vaciarme su arma en mi estómago. Había mucha gente en mi jardín, policías y bomberos con palas y operarios con excavadoras cavando en mi césped. El jardín parecía haber sido plantado con una multitud de flores rojas, solo que esas flores rojas no eran flores rojas sino una multitud de banderitas rojas que señalaban más restos descubiertos. Cada banderita roja simbolizaba una vida sesgada, una vida interrumpida de improviso, una tardía e improvisada lápida anónima, una rosa roja marchita ennegrecida en un instante. Los operarios detuvieron sus máquinas, los policías y los bomberos dejaron de cavar y de comentar entre ellos cosas como “¿Cómo puede ocurrir ESTO en un lugar civilizado?” o “ESTO no es propio de seres humanos, ni siquiera de animales” o “no había visto ESTO en toda mi vida y creo que no lo volveré a ver, espero, nunca”; era el momento en el que yo cruzaba el camino de piedra del jardín delante del policía. Miré sus caras silenciosas, se asombraron de que no tuviera colmillos, se asombraron de que no tuviera garras u ojos rojos o pelaje por todo mi cuerpo, creo que eso fue lo que más les asustó, que yo era normal, que yo podría ser el espejo donde cualquier ser humano se podría reflejar. Yo no sonreía, yo no estaba triste, en parte estaba tan sorprendido como ellos. Pero ellos eran seres humanos, capaces de apoyar guerras que en un instante producen más cadáveres tres veces más numerosos que los que había escondidos en esa casa y sentirse además felices y patrióticos, y la par sentirse abatidos por menos víctimas. Quizás hasta la brutalidad más desalmada sea tan solo un punto de vista.
Oí en la radio del policía que me custodiaba “él no puede ser el asesino, el forense dice que hay restos muy viejos, de al menos cincuenta años de antigüedad”. Las miradas de los policías y de los bomberos comenzaron a dispersarse, quizás sus mentes se refugiaron de nuevo en la idea de que el verdadero asesino era un monstruo terrible. Sin embargo, yo sabía que tan sólo era un viejo malhumorado que cojeaba por la casa acompañado por su bastón, y de joven según escuché en mi infancia sólo un hombre solitario confinado a sus labores diarias. “¿Desde hace cuanto tiempo vive en esta casa?”, “solo dos meses”, “¿A quién pertenecía?”, “el anterior propietario está muerto”, “¿Le conoció?”, “Sí, yo heredé esta casa, no la compré”.

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