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jueves, 14 de febrero de 2013

El empleado del museo

"Hoy arrastro cadenas y estoy aquí
Mañana seré libre, pero ¿dónde?"

Edgar Allan Poe


Irwin Tuttle era un hombre de mediana edad, aunque con el pelo cano, con una resplandeciente sonrisa siempre en la boca, con la apariencia de un sabio pero sin serlo. Él era el empleado de limpieza de un famoso museo, me reservaré citar nombres. Era un empleado modélico. En sus veinte años de servicio nunca había ocasionado problema alguno, ¿cómo lo iba a ocasionar? Irwin Tuttle ni siquiera había llegado tarde un sólo día, siempre era puntual. Tenía también el récord de ser el empleado que más horas seguidas de trabajo había realizado en un solo día, un auténtico ejemplo del trabajo a destajo. También sobre sus espaldas recaía todo el peso específico y todo el prestigio de ser durante cinco años consecutivos empleado del año. Sí, Irwin Tuttle no sería uno de esos expertos en arte, no, ni uno de esos profesores y doctores que sabían de un cuadro desde la hora en la que el artista había comenzado a pintarlo hasta el número de pinceladas que había utilizado. Sin embargo, se podría decir que Irwin Tuttle conocía todas esas obras de arte al dedillo ¿Cómo no iba a hacerlo? Él había limpiado durante veinte años todos los días aquellas obras de arte, ¿acaso una madre no conoce mejor a su hijo veinteañero mejor que él mismo? Todas las noches, Irwin Tuttle, desde hacía veinte años comenzaba barriendo y fregando todos y cada uno de los pasillos del museo, éste era para él el trabajo más duro. Después venía el trabajo más agradable. Cuidadosamente desempolvaba todas las esculturas, como si en verdad fuesen suyas. Limpiaba y sacaba brillo al mármol detenida pero también desaforadamente. Muchos compañeros comentaban jocosamente que era tan meticuloso, tan insistente y tan exagerado en su trabajo que no dudaban en que si Irwin Tuttle permaneciera allí otros veinte años más de servicio, los jefazos del museo se quedarían sin estatuas por lo pulidas y desgastadas que podría llegar a dejarlas. A nadie empleado en ese museo y que conociera la meticulosidad de Irwin Tuttle le hubiera extrañado llegar una mañana y ver reducidas aquellas estatuas a un simple canto rodado. Si Irwin Tuttle era meticuloso con las estatuas del museo, tendríais que haberlo visto con los cuadros. A la par que los desempolvaba recorría cada trazo con su cansada mirada. Algún otro empleado nocturno que le había visto realizar esta tarea, aseguraba que éste a veces permanecía cerca de un cuarto de hora limpiando y contemplando un cuadro incansablemente. También oí decir a los empleados del museo que cada vez que Irwin Tuttle adecentaba uno de los cuadros revivía en su mente la imagen impresa en él.  Lo cierto es que escuché muchas extrañas historias acerca de la simbiosis entre Irwin Tuttle y "esos" cuadros, casi podría decir "sus" cuadros. La mayoría de los empleados del museo odiaban todas aquellas geniales obras, estaban cansados de verlas; para ellos, el retrato al óleo anónimo del siglo XIX de una singular joven sonriendo dentro de la vitrina 302 A era simplemente "la fea", o la escultura de época renacentista del dios Apolo desnudo del piso tercero era simplemente "el mariquita". Sin embargo, Irwin Tuttle, aquel modélico empleado, las amaba todas, se podría decir que daría su vida por ellas. Henrik Slabstsen, un emigrante noruego también empleado en aquel museo, aseguraba haber visto una noche a Irwin Tuttle desaparecer como por arte de magia cuando se encontraba limpiando un cuadro y como no, contemplando la obra absorto. Dijo muy nervioso haberle visto volatilizarse delante de un precioso cuadro. El cuadro representaba una barca atracada en la costa de una playa, mientras, el amanecer de un caluroso día de verano se alzaba tras una escarpada montaña marrón. Todo el mundo trató al extranjero Hendrik como a un loco, pues Irwin Tuttle volvió al día siguiente tan pronto y tan dispuesto al trabajo como siempre, pero eso sí, más de un empleado aseguró que su cara estaba bastante bronceada y que era muy improbable que un hombre pudiera broncearse el rostro bajo el otoñal sol de la ciudad. A mis oídos llegaron también los rumores de otros dos testigos que aseguraban haber visto desaparecer a Irwin Tuttle también delante de un cuadro. Lo cierto es que nadie podía ni aún hoy puede asegurar nada. De todas formas, a oídos de los jefes llegaron toda serie de rumores y desatinos, elucubraciones e increíbles historias de todo tipo. Los jefazos sabían perfectamente que Irwin Tuttle era el mejor empleado del que disponían, pero un enfermizo miedo por el peligro que pudiera correr la seguridad de todas esas obras de arte, tomaron la fatal decisión del despido. Nunca ningún empleado de aquel museo olvidará jamás la cara de Irwin Tuttle cuando conoció la noticia. Él, el empleado modélico, el empleado del año durante cinco años consecutivos, el hombre que nunca había llegado tarde al trabajo, el hombre con el récord de permanecer más horas seguidas trabajando en el museo, a él, a él estaban echando. Los empleados del museo aseguran que cuando salió del despacho del director del museo se vino abajo, comenzó a llorar infantilmente tumbado en el frío suelo de aquellos pasillos que él mismo había barrido y fregado durante veinte años, pero él sabía perfectamente que aquellas lágrimas que empapaban el suelo iban a ser el último fregado que iba a realizar en ese museo. Con ayuda de algunos compañeros pudo salir del museo, pues aseguran que no podía siquiera caminar solo después de conocer la noticia, aunque otros dicen que sí anduvo solo, pero que solo fue para acercarse a mirar por última vez algunos de sus cuadros favoritos. El futuro para Irwin Tuttle después del despido no fue ni muy prometedor ni muy largo. Dicen sus vecinos que se recluyó en su casa durante muchos días y aseguran que no salió para nada. Después de un mes más o menos, los vecinos comenzaron a temer por su salud y llamaron a la policía. Éstos entraron en el hogar de Tuttle y encontraron su cadáver echado sobre la cama. Los médicos no encontraron razón alguna para explicar la muerte de Irwin Tuttle, aunque muchos empleados del museo sin ser médicos dicen que murió de pena. Lo más extraño de todo es que después de yo mismo visitar aquel museo, se me quedó grabado en la mente uno de los cuadros favoritos de Irwin Tuttle. En él, un hombre de mediana edad, aunque con el pelo cano, con una resplandeciente sonrisa siempre en la boca, con la apariencia de un sabio pero sin serlo, y sobre todo, luciendo un hermoso bronceado, permanecía tumbado sobre una barca atracada en la costa de un playa, mientras, el amanecer de un caluroso día de verano se alzaba tras una escarpada montaña marrón.

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